La figurita de bronce lleva dos días en el fondo de la mochila, envuelta en un calcetín sucio porque ya no confío en el bolsillo exterior desde que el cierre empezó a ceder. La pongo ahí y finjo que está segura. Es lo que hago cuando no tengo margen para resolver un problema de verdad: lo pongo en un calcetín y lo dejo.

Ayer fue una carnicería. Tres veces en el mismo día, en distintas formas, el dinero desapareció. No voy a detallar cada golpe porque ya me cansa contarlo, pero el resultado es que hoy me desperté con el bolsillo vacío y una especie de claridad extraña, esa que viene cuando el problema ya no es gestionar el dinero sino directamente sobrevivir sin él. Aparte de eso, quedó algo sin resolver: un hombre que me habló ayer por la tarde cerca de Al-Balad, alguien que me preguntó algo y yo no supe si era una advertencia o un ofrecimiento, y me quedé con esa ambigüedad pegada toda la noche.

Esta mañana fui al tramo de puestos de comida de Wadi Al-Nile, que es básicamente un pasillo de locales estrechos donde todo huele a cardamomo quemado y a aceite reutilizado, y donde nadie espera que gastes más de lo mínimo. Me quedé parado frente a un carrito de shawarma con la lógica de quien cuenta lo que no tiene: podría pedir a crédito en algún sitio, o podría reconocer que hoy la comida no está garantizada. Elegir entre opciones malas tiene su propio ritmo, y yo lo conozco bien.

Fue entonces cuando un hombre con un termo de acero inoxidable abolido me tendió un vaso de té sin preguntarme nada. Sin establecer contacto visual, directamente con el vaso extendido hacia mí, como si fuera parte de una rutina que yo no había visto empezar. El té era muy dulce, del tipo que te carga los dientes, y lo bebí de pie porque no había otro modo de beberlo. Nos hablamos un poco. Resultó que vendía té en ese corredor desde las seis de la mañana, cada día, y que los trabajadores del vecindario pakistaní y bengalí eran sus clientes habituales. Me dijo, sin que yo lo preguntara, que en ese pasillo había dos o tres puestos donde podías comer a cuenta si conocías a alguien que respondiera por ti.

Eso era exactamente el tipo de información que necesitaba y que no había encontrado por mí mismo en dos días. Anóté mentalmente los nombres de los puestos, aunque anotar en la memoria cuando estás con doce horas de sueño encima y el cuerpo pidiendo que pares no es lo más fiable del mundo.

Lo del hombre de ayer, el de Al-Balad, creo entender ahora qué era. Creo que también me estaba señalando algo parecido: algún circuito informal de ayuda entre viajeros sin margen. Lo ignoré porque no lo entendí a tiempo, y eso es una pérdida concreta. No dramática, solo concreta.

El shawarma lo acabé comiendo a las once y media, en uno de los puestos que el vendedor de té me indicó. El dueño no me preguntó nada, me puso el plato y apuntó algo en un papel doblado cerca de la caja. No sé exactamente lo que apuntó. Supongo que mañana lo sabré. La mochila pesaba igual que siempre en el hombro izquierdo, con la correa algo floja, y la figurita dentro del calcetín en algún lugar del fondo.

Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí

Este post contiene enlaces de afiliados.