Roma ya con luz de tarde y la correa izquierda de la mochila aguantando de milagro: eso es lo primero que noto al bajar del avión, que el nudo improvisado con cinta americana que hice hace tres días sigue ahí pero ha migrado unos dos centímetros hacia la hebilla, lo cual no es una buena señal. Llevo semanas reparando la misma cosa y cada reparación dura menos que la anterior.

El problema de hoy, el nuevo, el que se suma a la colección, fue la máquina de recarga del transporte público en Fiumicino. Pantalla encendida, lector de tarjeta inoperante, y un cartel pegado con celo que decía «FUORI SERVIZIO» en letras que alguien había imprimido en una hoja normal de papel, no en ningún soporte oficial. Tres máquinas seguidas en el mismo estado. La cuarta funcionaba pero no aceptaba el billete de veinte que tenía, solo monedas o tarjeta, y en este momento no tengo nada que meter en ninguna ranura. El tipo detrás de mí resopló de una manera específica que solo hacen los romanos cuando llevan demasiados años lidiando con exactamente este tipo de cosa, con una mezcla de desprecio y resignación que no es ni lo uno ni lo otro sino algo propio que no tiene nombre en español.

Al final conseguí moverme hasta la zona de Rebibbia por otro método que no voy a detallar aquí porque no quiero autoincriminarme, pero llegué. El Piazzale della Stazione Rebibbia tiene la elegancia funcional de un lugar que nadie diseñó para que fuera bonito y que por eso mismo resulta honesto: marquesinas de aluminio oxidado, autobuses con el indicador de línea a medias, una señora que vendía fruta desde un carrito sin ningún permiso visible. Me senté en un banco a revisar la correa. El nudo había cedido otro centímetro. Lo até de nuevo con lo que quedaba de cinta y pensé que en algún momento esto va a ceder del todo en un sitio inconveniente.

En la calle, algo pasaba con las banderas. No muchas, no una celebración masiva, pero en un par de balcones del edificio frente a la parada había tricolores colgados con esa informalidad de quien los saca porque toca sacarlos, no porque tenga ganas. Una radio dentro de un bar emitía algo que sonaba a discurso o a programa especial, pero el volumen era tan bajo que podría haber sido también un partido de fútbol. Un domingo de septiembre en la periferia romana con el aniversario de fondo como música de ascensor.

Caminé un rato por Via dei Prati Fiscali, que es una calle que no recomendaría a nadie que venga a Roma buscando la Roma de las películas, pero que tiene algo concreto y sin pretensiones: bloques de viviendas de los años setenta, ropa tendida entre ventanas, un taller mecánico con la persiana a medias, el olor a hormigón caliente que tienen todas las ciudades europeas en septiembre a última hora. Pasé por delante de la Hostaria Menenio Agrippa sin entrar, porque no podía entrar, y miré la carta pegada en el cristal más tiempo del necesario. Trippa, coda, abbacchio. El menú del domingo en un sitio que parece que lleva abierto desde que existía la república.

El apartamento donde voy a quedarme esta semana tiene las paredes de un color que alguien en los noventa debió de creer que era blanco y que ahora es más bien el color de un papel que ha estado en una carpeta mucho tiempo. La ventana da a un patio interior. Por la tarde entra una franja de luz que cruza la pared del fondo en diagonal y va desplazándose lentamente. La correa de la mochila la he dejado sobre la silla, desatada, porque ya no sirve de nada atarla esta noche.

Imprescindible en Roma, Italia

Este post contiene enlaces de afiliados.