La correa izquierda de la mochila cedió del todo esta mañana, el trozo de cinta americana que llevaba dos días sujetándola se despegó con un sonido seco y quedó colgando, y tuve que cruzar media calle Kandara con la mochila agarrada contra el pecho como si fuera un bebé con fiebre. No es una imagen agradable. Debajo de todo, envuelta en un calcetín sucio que ya no sirve para nada más, la figurita de bronce que cargo desde hace semanas hizo su peso notar de manera especial, ese tipo de peso que parece multiplicarse cuando las cosas ya van mal.

Ayer, en el corniche, un vendedor de té me había dado un vaso sin pedirme nada a cambio. Charlamos un rato, él me preguntó si me gustaba Jeddah, yo dije que sí, que el mar estaba bien, y punto. Eso fue todo. No hubo ninguna revelación. Lo registré como lo que era: un tipo amable con un carrito naranja que sabía que el gesto cuesta poco y vale algo.

Hoy no había cartitos naranjas en Al-Balad, solo el olor a cardamomo quemado y sombra en los callejones de Al Alawi. Me metí porque necesitaba una solución para la correa, concreta, no cara. Uno de los locales de la calle tiene un hombre mayor que vende todo lo que no encaja en ninguna categoría: candados oxidados, cinturones de cuero sin hebilla, hilo de nailon, bolsas de plástico con tornillos sueltos. Le mostré la correa. Me señaló una tira de cuero marrón, gruesa, con un agujero en el centro que no sé qué función tenía antes. Intenté explicar que no tenía dinero en efectivo, que podía pagar de otra manera, que tenía tiempo. La explicación no funcionó. El hombre recogió la tira sin decir nada y la puso detrás del mostrador.

Así que perdí veinte minutos y la poca energía que me sobraba en una negociación que no era negociación, y encima, al salir del local, un chico me paró en la entrada para decirme que hay una tasa de acceso a la zona de los muelles de coral restaurados, algo así, tres riyales, para financiar la conservación, me dijo con el tono de alguien que repite una frase estudiada. Pagué porque en ese momento todavía tenía tres riyales en el bolsillo, lo cual es exactamente el tipo de gasto que no debería hacer y que hago de todas formas porque me resulta difícil discutir cuando alguien lleva un chaleco con un logo oficial cosido a mano. Los muelles, por supuesto, eran una callejuela con dos paredes de piedra coralina a la que habría entrado gratis por el otro lado.

Me senté en un escalón de piedra debajo de uno de esos mashrabiyas tallados, los balcones de madera que filtran la luz y que en Al-Balad están en distintos estados de deterioro, algunos recién restaurados con madera que huele todavía a barniz, otros con tablones podridos que cuelgan torcidos. El de encima de mí era de los segundos. Me levanté.

La mochila sigue sin correa útil. Llevo la mochila cruzada sobre el pecho, lo cual no es cómodo y hace que la figurita de bronce golpee contra mis costillas con cada paso. El bolsillo exterior, el que lleva roto desde hace días, terminó de abrirse esta tarde y perdí un adaptador de corriente que tampoco sé si volvería a usar, pero que era mío.

Lo que me interesa ahora, concretamente, es encontrar cinta americana. Hay una ferretería en la parte trasera del mercado de Kandara que un chico con sandalias me señaló con el mentón sin detenerse. Eso es suficiente para seguir.

Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí

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