¿Cuánto puede costar arreglar una cremallera rota en Al Olaya un viernes por la mañana? La respuesta, según el tipo del taller de cuero en Olaya Street que me miró como si yo le hubiera preguntado algo obsceno, es treinta y tres riyales. Más que lo que cuesta la cremallera. Más que la correa que ya cambié hace tres días. Lo pagué, claro, porque la alternativa era seguir sujetando el bolsillo lateral con una goma elástica, que es la solución que llevaba usando desde ayer y que me tiene cargando la mochila como si fuera una caja de cartón debajo del brazo.

Así que ahora tengo trescientos cincuenta y cuatro riyales y una mochila que cierra, pero de forma torcida, porque la cremallera nueva no queda paralela al tejido y el asa izquierda se tuerce hacia dentro. Mejor que antes. No mucho.

Tariq me había escrito ayer para quedar en un café de Al Malqa y hablar sobre el barrio antiguo. Fui. El café existía, lo encontré sin grandes problemas a pesar de que Google Maps me mandó dos veces a la misma calle en dirección contraria. El problema era que Tariq no apareció. Esperé cuarenta minutos bebiendo algo que el menú llamaba «café de especialidad» y que sabía a café de especialidad que lleva demasiado tiempo en la jarra de cristal. No me escribió para cancelar, no me escribió para disculparse, no apareció ningún mensaje en absoluto. A los mercados de la medina les llamo yo mercados porque todavía no sé cómo llamarles aquí, y el caso es que me quedé solo frente a una taza tibia pensando en que llevaba semanas de pequeñas averías y cancelaciones encadenadas, y que Riyadh no tiene la culpa de nada de eso pero tampoco ayuda especialmente.

Volví caminando por Al Olaya hacia el centro. El sol del mediodía en esa avenida no tiene ninguna consideración: cae perpendicular sobre el asfalto y rebota. Vi desde la acera el edificio de Rokn Al Afandi, que es ese bloque oscuro con las líneas verticales que parece diseñado para que nadie se quede mirándolo más de tres segundos, lo cual me resulta curioso para algo tan prominente en el skyline de Al Oud. No tiene la dramatización de las torres de King Fahd Road ni la pretensión de los edificios nuevos del norte. Es simplemente oscuro y recto y está ahí. Lo fotografié desde la calle porque la luz del mediodía le aplana todas las texturas y lo convierte en algo casi abstracto, que es la única hora del día en que ese edificio me parece interesante.

Me gustan los mercados. Ese es mi problema con Riyadh, en realidad. La ciudad no tiene un mercado en el sentido que yo entiendo esa palabra: un sitio con demasiada gente, con el suelo húmedo, con alguien discutiendo el precio de algo que no vale nada. Al Zal existe y fui una vez, pero está reformado hasta el punto de parecer una tienda de aeropuerto con techo de caña. Hay algo en los mercados de verdad que no tiene sustituto, ese momento en que uno no sabe exactamente qué está mirando y tiene que preguntar. Aquí no he podido preguntar mucho.

El taller de cuero tenía esa cualidad, al menos. El hombre que arregló la cremallera no levantó la vista en todo el proceso. Cogió la mochila, evaluó el daño con los dedos, abrió un cajón lleno de cremalleras de distintos colores y sacó la menos equivocada, que era marrón cuando la original era negra. Cuando terminó la puso sobre el mostrador sin decir nada. Yo le di el dinero, él lo guardó, y cada uno siguió con lo suyo. Una transacción perfectamente eficiente y completamente seca. Treinta y tres riyales.

No sé si Tariq me escribirá para explicarse o no. La mochila cierra torcida.

Imprescindible en Riad, Arabia Saudí

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