«No le podemos hacer nada hoy», me dijo el tipo de la tienda de electrónica como si estuviera rechazando una propuesta de trabajo. No el adaptador de corriente que necesitaba, no el modelo exacto, no esta semana. Me quedé mirando el mostrador de vidrio con esa sensación específica de cuando sabes que la respuesta era no antes de abrir la boca, y me di la vuelta sin comprar el sustituto de cuarenta riales que sí tenían pero que técnicamente no sirve para lo que necesito.

Eso fue en Al Olaya, cerca del mediodía, con el sol metido de lleno en la acera. La mochila, que desde hace días arrastra una costura rota en el tirante izquierdo, me estaba empujando el hombro hacia abajo de una manera que ya se ha convertido en postura habitual, todo el lado izquierdo inclinado, y alguien en la calle me miró como si llevara algo torcido encima, que es exactamente lo que llevo. El tipo de la marroquinería de la esquina me dijo anteayer que la reparación eran treinta y tres riales; todavía no lo he llevado. No por los treinta y tres riales sino porque cada vez que paso por delante está cerrado o está hablando por teléfono y no me apetece esperar, y eso es probablemente una excusa que me estoy contando a mí mismo.

Entré a la Biblioteca del Rey Fahd más para salir del calor que por otra razón, y dentro había ese silencio particular de los sitios que tienen presupuesto de mantenimiento, el aire frío muy bien distribuido, suelos que se ven fregados dos veces al día, una ordenación de mesas y lámparas que a alguien le importó diseñar. Me senté en una de las zonas de lectura que están cerca de los ventanales con luz cenital y puse la mochila en el suelo, lo cual fue un alivio para el hombro y también una pequeña humillación porque la mochila apoyada así, torcida, deja ver exactamente qué tan mal está la costura.

Fue ahí cuando me di cuenta de lo del dinero. Había pagado algo por la mañana que no cuadra: cincuenta riales que no figuran en ninguna transacción concreta, o mejor dicho, que figuran en la suma de varias cosas pequeñas que se escaparon solas: un taxi que cobró de más, una compra que no debería haber hecho, algo que resbaló. No es la primera vez este mes y ya he dejado de buscar la transacción específica para culparla. Hice la cuenta en el teléfono: doscientos ochenta y siete riales. Guardé el teléfono.

En la biblioteca había un hombre, mayor, con una libreta de cuadros verdes, que llevaba por lo menos cuarenta minutos escribiendo sin parar, llenando páginas con lo que desde mi ángulo parecía una letra muy pequeña y muy apretada. No levantó la vista en todo el tiempo que estuve mirándole intermitentemente. Pienso que ese nivel de concentración o es genuino o es actuado para beneficio propio, y en cualquier caso no tengo manera de saberlo, así que no sirve de mucho pensarlo.

El lunes me acerco al tipo de la marroquinería. No porque haya llegado a ninguna conclusión sobre la conveniencia financiera de gastar treinta y tres riales ahora mismo, sino porque si sigo cargando la mochila así voy a terminar con una contractura que me va a costar más que la costura. Eso es lo que me digo. Es una decisión práctica.

Hay un umbral a partir del cual los problemas pequeños dejan de ser problemas separados y empiezan a funcionar como un solo problema continuo con distintas caras, y yo creo que llevo varios días en ese umbral. No lo digo para dramatizar. Lo digo porque es una descripción razonablemente exacta de lo que está pasando, y prefiero tenerlo claro.

La biblioteca cierra a las nueve. Todavía son las cuatro y media.

Imprescindible en Riad, Arabia Saudí

Este post contiene enlaces de afiliados.