El mensaje llegó mientras yo contaba cuánto me quedaba después de pedir. Cuatrocientos gramos de pollo a la brasa, una hogaza de pan de ajo que no pedí pero que trajeron igual, y un refresco que costaba lo que en otro sitio cuesta un café: en total, dieciséis riyales. Me quedaban trescientos noventa y cinco. Ahora trescientos setenta y nueve.

La mochila la dejé en el suelo, al lado de la pata de la silla, con la cinta adhesiva gris todavía sujentando la correa izquierda donde se rompió la costura hace días. El tipo del mostrador del Fire Grill la miró un segundo, sin decir nada, y yo tampoco dije nada. El restaurante funcionaba como funcionan este tipo de sitios en As-Salama: pedido en caja, número en papel, bandeja cuando llamas. Sin ceremonias.

Fue entonces cuando vibró el teléfono. Tariq. El guía de ayer, el del Diriyah Heritage District, el que me había estado explicando la diferencia entre los muros de adobe restaurados y los que son directamente nuevos (que son la mayoría, aunque el cartel no lo diga). Me mandó un mensaje proponiéndome quedar en un café de Al Malqa para hablar sobre el barrio antiguo de Riyadh. Sin más contexto. Solo el nombre del café, un emoji de café, y «cuando puedas esta tarde».

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. No porque la propuesta fuera confusa, sino porque tenía que calcular qué implicaba. Al Malqa no está cerca de As-Salama. Un taxi, ida y vuelta, son fácilmente veinte riyales más, posiblemente treinta si hay tráfico, que en Riyadh siempre hay. Y si en ese café de Al Malqa termino pidiendo algo porque es un café y eso es lo que hace la gente en los cafés, son otros quince o veinte riyales que no tengo margen de ignorar. Tariq es probable que no lo sepa, o que no le importe, lo cual no es un reproche, simplemente es la situación.

El pollo llegó antes de que respondiera. Estaba bien, honestamente bien, con esa costra negra en el lado que toca la parrilla y la carne por dentro sin pasarse de seca, que es el error que cometen el ochenta por ciento de los sitios con parrilla de carbón. El pan de ajo lo dejé a medias porque no lo necesitaba y porque si lo como entero luego no camino bien.

Respondí que sí, que a las cinco. No sé si fue la decisión correcta desde un punto de vista estrictamente numérico, pero la alternativa era quedarme en la habitación sin avanzar en nada que no fuera ya saber, y eso tampoco es gratis, aunque no salga en ninguna cuenta.

Lo de Tariq me interesa por una razón concreta que no es la visita guiada en sí. Ayer, cuando estábamos en Diriyah, mencionó de pasada que conoce a alguien que alquila espacio de trabajo por días en un edificio de Olaya, con wifi decente y sin la obligación de pedir tres cafés para justificar el asiento. No lo desarrolló porque en ese momento llegó un grupo de turistas coreanos y él se distrajo, y yo no lo empujé. Pero lo tengo anotado como algo que vale la pena aclarar, porque trabajar desde la habitación con la conexión que tengo es un sistema que técnicamente funciona y en la práctica me pone de mal humor a las dos de la tarde.

La bandeja la recogí yo mismo porque el chico del mostrador tenía la vista puesta en el visor de los pedidos y no iba a moverse en un rato. La mochila pesaba exactamente igual que siempre al colgármela, pero la cinta crujió un poco al tensar. Esta tarde no puedo llevarla. Voy a Al Malqa con lo mínimo y a ver qué tiene Tariq que decir sobre el barrio antiguo y sobre ese espacio de trabajo que mencionó sin terminar la frase.

Imprescindible en Riad, Arabia Saudí

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