«¿Quiere guía, señor? Muy barato, solo trescientas taka», me dijo el chico antes incluso de que yo acabara de pagar en la taquilla. Tenía una credencial plastificada colgando del cuello y la miraba él más que yo. Le dije que no, y él asintió como si eso fuera parte del protocolo, como si mi negativa fuera simplemente el primer paso de una negociación que él ya había ensayado muchas veces.
El fuerte de Lalbag está en ese estado raro de los monumentos que llevan décadas siendo monumento: el ladrillo rojizo de las murallas tiene un aspecto sólido y cansado al mismo tiempo, y los jardines interiores están demasiado barrendos, con esa pulcritud un poco artificial que se aplica donde hay taquilla. Pagué la entrada, que para extranjeros cuesta bastante más que para locales, y lo hice sin protestar porque ya sé cómo funciona esto y porque montar una escena en una taquilla es la forma más indigna de gastar energía que conozco. Eso sí, lo anoté mentalmente con la precisión de quien lleva la cuenta desde hace semanas: otro apunte en la columna del debe.
Aquí está el problema con Lalbag, o más bien mi problema con Lalbag: no consigo que me importe de la manera que se supone que tiene que importarme. Caminé por el patio central, miré la tumba de Bibi Pari con su revestimiento de mármol blanco y las proporciones discretas que tiene, y no sentí nada en particular. Ni emoción arqueológica ni asombro histórico ni ese pellizco que dicen que dan los lugares con siglos encima. Lo que sí noté fue el olor a hierba húmeda recién cortada mezclado con el humo de algún brasero que encendieron los jardineros fuera de la muralla sur, y eso me pareció más interesante que cualquier cartel explicativo.
El rickshaw en el que había venido desde el alojamiento se quedó encallado durante casi media hora en el atasco de Old Dhaka, que no es un atasco normal sino una masa de vehículos, personas, carros de carga y bicicletas que se interpenetran de una manera que parece físicamente imposible. Llegué tarde, con el forro de la camisa pegado a la espalda, y ya desde el principio el fuerte me pilló en un estado de irritación moderada que no favorece ningún tipo de experiencia trascendente. Eso también es una forma de ver un sitio.
Salí por donde entré, rechacé a otro chico que ofrecía fotografías impresas al momento con el fuerte de fondo, y fui andando unos minutos hacia el Food Kingdom de Lalbag, un restaurante que había visto anotado y que resultó ser exactamente lo que necesitaba: sin pretensiones, con el arroz y el curry servidos sin ceremonia, el ventilador de techo girando a la velocidad justa para que no hiciera calor pero tampoco volara la servilleta. Pedí un dal con arroz y un té, pagué algo que en euros apenas merece mencionarse, y me quedé sentado más tiempo del necesario mirando cómo el camarero repasaba las mesas con un trapo que tenía estampado el logo de una marca de refresco que ya no existe.
Tengo ojo para estas cosas, para la suma de detalles que nadie escribe en ninguna guía y que sin embargo son los que hacen que un sitio sea ese sitio y no cualquier otro: el logo descolorido, el plástico de la silla con una raja sellada con cinta americana de color diferente, el modo en que el cocinero asoma la cabeza por la ventanilla de la cocina y no mira a ningún cliente en particular. Desde la calle llegaba el sonido del río, que aquí se llama Buriganga y que no he ido a ver hoy porque no era el momento, aunque estaba ahí, a unos minutos, mezclando su olor a agua turbia con el de los fritos del puesto de la esquina.
El té llegó demasiado dulce.
Imprescindible en Daca, Bangladés
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