Ayer perdí dos horas dentro de un rickshaw que no se movía. La bocina del de delante sonando cada veinte segundos, el de detrás rozándome el codo, y yo con la lista de sitios que quería ver reduciéndose mentalmente a cero. Llegué tarde a todo, no vi casi nada, y esta mañana me he despertado sin ninguna gana de repetir la jugada. Así que Mohammadpur. Solo Mohammadpur.

La mezquita de Saat Gambuj está metida en un callejón que no parece llevar a ningún sitio hasta que de repente aparece, y eso tiene su gracia porque el callejón previo es un desastre de puestos de fruta aplastada y cables colgando entre los edificios a una altura que da la sensación de que te van a decapitar si no agachas un poco la cabeza. El barro de la entrada todavía estaba húmedo, que aquí llueve cuando le da la gana y ayer cayó algo por la tarde que nadie me avisó. Las siete cúpulas sobresalen por encima del muro exterior con ese ladrillo terracota que ya no es rojo sino marrón grisáceo, oscurecido por décadas de humedad y suciedad urbana, y eso me parece más honesto que si estuviera restaurado y reluciente.

Un hombre se me acercó antes de que pudiese llegar a la puerta. No trabajaba allí, o no de manera oficial, pero llevaba un cuaderno con un aspecto de registro que quizás era real o quizás lo había comprado en un mercadillo. «Guía, guía», me dijo, y yo le dije que no necesitaba guía. Silencio de dos segundos. Luego me explicó que había una «tarifa de mantenimiento» para extranjeros, algo que sonaba a número inventado en el momento. Le pregunté cuánto. Me dijo una cifra en takas que equivalía a algo más de dos euros, lo cual no es un robo descarado pero tampoco es una tarifa oficial, y lo sabíamos los dos. Le di lo que pedía porque la alternativa era discutir en un callejón con barro en los zapatos y tenía otras cosas en las que gastar la energía, pero no me hizo ninguna gracia. Con lo que llevo gastado en imprevistos estas últimas semanas, incluso dos euros tienen un peso específico que antes no tenían.

Dentro había poca gente. Un hombre barría el pasillo central con una escoba demasiado pequeña para el espacio, empujando el polvo de un lado al otro sin resultado visible. Las columnas del interior son finas, más de lo que esperaba, y el techo entre cúpula y cúpula queda bajo. No es un sitio pensado para impresionar en el sentido monumental; es funcional, antiguo, y tiene esa temperatura interior que tienen los edificios de piedra y ladrillo cuando afuera hace calor, que es lo que más agradecí. Me quedé un rato sentado en uno de los laterales, sin hacer nada concreto, que tampoco es que hiciera falta hacer nada.

Cuando salí el tipo del cuaderno ya no estaba. O se había ido o estaba esperando a otro visitante en algún otro punto estratégico del callejón. No miré demasiado.

Lo de Dhanmondi Lake se quedó en pensamiento. Tenía el lago apuntado para la tarde, que es donde la gente de la zona va a caminar cuando el calor baja un poco, pero la verdad es que no me apetecía coger otro auto-rickshaw después de lo de ayer, ni cruzar media ciudad para dar vueltas alrededor de un estanque. A veces el plan correcto es no tener plan, y quedarse en un barrio donde ya sabes dónde están las cosas es su propio tipo de decisión.

Tomé té en un puesto pequeño frente a un taller de chapa que tenía la puerta levantada. El mecánico de dentro no levantó la vista en ningún momento. El té era dulce, demasiado dulce para mi gusto, pero caliente, y la taza tenía una grieta fina que llegaba casi hasta el borde sin llegar a romperla del todo.

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