¿Cuánto cuesta un día en Chiang Mai cuando llevas las cuentas al milímetro? Eso me lo pregunté mientras bajaba del avión con la mochila encajada entre la espalda y el asiento del de delante, que no había reclinado hacia atrás sino que directamente lo había tirado. Dos horas desde Dhaka para esto: un martes de octubre con el cielo blanco de nubes que no llegaban a ser lluvia, la humedad pegándose a la camisa nada más salir, y yo con ciento cuarenta y seis euros en la cuenta haciendo que fuera una excursión de ida y vuelta, no un traslado.
Lo primero que hice al llegar al centro, cerca del foso que rodea la ciudad antigua, fue buscar algo de comer que no superase los cuarenta bahts. Hay un puesto en la esquina de una calle que no recuerdo bien cómo se llamaba, con una mujer pequeña que removía un wok enorme y que no miraba a ningún cliente a la cara, concentrada en sus propias manos como si los turistas fuéramos un ruido de fondo. Khao pad, arroz frito, cuarenta y cinco bahts. No los cuarenta que quería, pero los cinco de diferencia no me arruinaban ni me salvaban. Me lo comí de pie.
El foso es ancho y verde y tiene una capa de algo que prefiero no identificar flotando en algunas zonas. La gente pasa por el lado sin mirarlo mucho, y yo tampoco le presté demasiada atención hasta que me di cuenta de que llevaba diez minutos sentado en el bordillo calculando si valía la pena pagar la entrada a algún templo. La respuesta fue no, lo cual me llevó a pasear sin destino fijo por Thanon Wua Lai, una calle donde los talleres de platería tienen los escaparates llenos de cuencos y pulseras que nadie que lleve lo que yo llevo encima va a comprar. Un señor mayor estaba repujando algo en una pieza de plata con un martillito del tamaño de mi pulgar, sin prisa, con la radio encendida en una emisora que sonaba a los años ochenta pero en tailandés. Me quedé parado delante más tiempo del que era socialmente razonable y nadie dijo nada.
En Wat Chedi Luang había monjes que charlaban con turistas en una especie de programa organizado. Me acerqué porque era gratis y porque el edificio tiene una ruina encima que resulta más interesante que cuando las cosas están intactas. El monje que me correspondió llevaba el hábito naranja descolorido por un lado, como si lo hubiera lavado muchas veces pero solo hubiera dado el sol en la mitad. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Cataluña y tardó un segundo en ubicarlo. «Spain», dije, y asintió. Me preguntó qué hacía aquí y yo le dije la verdad a medias: que estaba de paso. Que venía de Dhaka. Que la excursión había costado menos de lo que imaginaba pero que el margen era muy justo. Él sonrió, no sé si porque entendió el inglés o porque sonreír era la respuesta apropiada para cualquier cosa. No me importó.
Ayer perdí dinero de una forma que todavía me cuesta explicar con claridad, y hace tres días lo mismo, y el patrón de las últimas semanas dibuja algo que no tiene buena pinta. No lo digo para quejarme: lo digo porque caminar por esta ciudad con eso en la cabeza tiene un sabor distinto a cuando las cosas van bien. El Baix Penedès, donde crecí, tiene mercados de pueblo donde los precios están escritos a mano en cartones arrugados y nadie te cobra por mirar. Esta calle del mercado nocturno, que empieza a montarse ya por la tarde, tiene el mismo principio pero con luces de colores y olor a lemongrass mezclado con aceite quemado.
Me compré un zumo de tamarindo por veinte bahts. Estaba demasiado dulce, lo cual es mi opinión, y el puesto tenía un cartel con un dibujo de una piña donde alguien había añadido a bolígrafo unas gafas de sol. No sé por qué. El avión de vuelta salía en tres horas y me quedaba exactamente el tiempo justo para no tener que decidir nada más.
Imprescindible en Chiang Mai, Tailandia
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