La correa izquierda de la mochila aguantó hasta ayer por la tarde, cuando la cinta adhesiva que llevaba sujetando la costura lateral desde hace tres días cedió justo mientras cruzaba la calle King Fahd en dirección a Salah Al Din, y durante unos segundos ridículos estuve ahí de pie con la mochila colgando de un solo hombro como si fuera un estudiante de quince años camino al colegio. No me caí nada, pero tampoco tengo más cinta adhesiva. Eso es lo más concreto que puedo decirte del día: cinta adhesiva agotada, hombro derecho más cargado que el izquierdo, y cuatrocientos veinte dólares que suenan a más de lo que son cuando llevas contando lo mismo diez días seguidos.
Me fui a Nano Kitchen porque era lo que me había propuesto al levantarme y porque la alternativa era quedarme pensando en el mismo sitio de siempre, que es peor. El local está en esa franja de Salah Al Din donde las fachadas no hacen ningún esfuerzo por impresionarte, lo cual de entrada me pareció prometedor. Pedí el plato de pollo con arroz de allí, el que tienen en la pizarra pequeña cerca de la caja, sin foto, sin descripción elaborada, y me lo puse delante con esa velocidad que tienen algunos sitios de mediodía cuando ya saben que no vas a pedir nada más. El arroz estaba bien cocinado, con algo de azafrán que no era demasiado agresivo, y el pollo tenía ese punto ligeramente ahumado que no esperaba encontrar. No era espectacular. Era honesto, que a veces es suficiente.
La cosa es que en la mesa de al lado había un tipo que llevaba rato mirando el teléfono con la expresión de alguien que espera que el teléfono le resuelva algo que el teléfono no puede resolver. En un momento dado me preguntó si el plato estaba bueno, en inglés bastante claro, y yo le dije que sí, que el arroz sobre todo, y ahí quedó la cosa durante un rato. Luego me comentó que llevaba seis semanas en Riyadh tratando de cerrar un contrato de consultoría y que la ciudad le comía el tiempo de una manera que no había anticipado: que todo tardaba más, que las reuniones se corrían, que el dinero que había presupuestado para el mes ya no alcanzaba para el mes. No le respondí mucho porque no tenía nada particularmente útil que añadir, pero escucharle calcular en voz alta lo que le quedaba me puso en esa posición incómoda de estar al mismo tiempo dentro y fuera del problema: él tenía un contrato que cerrar, yo no tengo ningún contrato que cerrar, pero los dos estábamos haciendo la misma aritmética de fondo.
Doscientos ochenta en pérdidas y contratiempos desde hace diez días, y eso sin contar lo que simplemente se va en existir: comer, moverse, pagar donde hay que pagar. Cuatrocientos veinte que parecen algo hasta que empiezas a dividirlos por los días que tienes por delante y la cifra diaria que sale es lo suficientemente pequeña para incomodarte. Me quedé en Riyadh porque moverme costaba más que quedarme, o al menos eso me dije, pero no estoy completamente seguro de que siga siendo verdad y hay una diferencia importante entre quedarse porque tiene sentido y quedarse porque no has terminado de decidir marcharte.
La costura lateral de la mochila sigue abierta unos cuatro centímetros. Esta tarde pasé por una ferretería en la calle Al Urubah preguntando si tenían cinta de tela y me miraron como si hubiera pedido algo muy raro, lo cual quizás era justo lo que merecía la pregunta. Al final encontré cinta normal, la más delgada del mundo, que probablemente aguante hasta mañana si no la estiro demasiado. El tipo de la ferretería no levantó los ojos en ningún momento de lo que estaba haciendo. Me cobró cuatro riales y ya.
Imprescindible en Riad, Arabia Saudí
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