Llevo el billete doblado en cuatro en el bolsillo de la camisa, ahí donde antes llevaba el móvil antes de que me lo reparasen, y cada vez que cruzo la pasarela de madera sobre el Buriganga noto cómo el tejido aprieta contra él. Ciento treinta y cuatro takas con cincuenta paisa. Lo sé de memoria porque lo he contado esta mañana dos veces.

Rafiq me escribió anteayer por la noche, cuando aún tenía los pies mojados de Sadarghat. Me decía que había conseguido permiso para subir a uno de los transbordadores de carga que cruzan al otro lado, al lado de Keraniganj, y que si me interesaba estar en el siguiente rodaje era esta semana. Usó la palabra "rodaje" en inglés, entre el bangla del resto del mensaje, y eso me pareció significativo sin saber muy bien por qué. La cuestión es que participar no cuesta dinero, me lo dejaría claro enseguida si lo preguntase, pero sí cuesta tiempo y atención y cierta disposición a que te utilicen como presencia extranjera en un documental sobre trabajadores que ganan menos en una semana de lo que yo me gasté en aquellas pérdidas que arrastro desde hace quince días. Eso me incomoda más que cualquier cosa práctica.

Esta mañana he cogido el transbordador de todos modos, el que va a dos takas, el de madera pintada de verde que ya no es verde sino del color del agua que lleva debajo. Los remeros empujan con pértigas cortas en los bordes mientras los pasajeros se aprietan en el centro sin mirar el río. Hay un hombre con un saco de lo que parece ser jengibre fresco, el olor lo confirma antes de que lo vea bien, y hay una mujer con tres gallinas en una bolsa de plástico azul que las gallinas llevan resignadas, sin protestar demasiado, lo cual resulta inquietante. El cruce tarda menos de cuatro minutos. Desde el agua, el embarcadero de Sadarghat parece un organismo independiente: grúas, barcazas, el ruido de motores diésel que nunca para del todo, y encima de todo eso los anuncios pintados a mano en bangladeshí con ese amarillo específico que usan aquí para las marcas de telecomunicaciones.

He vuelto al lado de acá y me he quedado un rato en el malecón de hormigón desgastado, mirando la carga. Alguien descargaba barras de hierro a mano, en fila, pasándolas de persona en persona hasta la orilla. El hierro resonaba cada vez que tocaba el siguiente par de manos. Hay algo en esa cadena que me parece eficiente de una manera que ningún flujo de trabajo automatizado que yo haya visto captura bien: el error humano está ahí, visible, corregible en el instante siguiente por la misma persona que lo cometió. Pensé en Rafiq y en si eso era exactamente lo que él quería documentar o si le interesaba otra cosa.

Al final le he contestado. Le he dicho que sí, que me apunto al rodaje en el transbordador, pero que quiero entender antes qué papel ocupa alguien como yo en esa imagen: si soy testigo, si soy decorado o si soy simplemente la persona que sujeta algo cuando sus manos estén ocupadas. Me ha contestado en veinte minutos con un audio de cuatro minutos que aún no he escuchado entero porque tiene mucho ruido de fondo y mi oído hace un esfuerzo enorme. Lo que he entendido es que la pregunta le ha parecido bien. Lo que no sé es si eso resuelve algo o simplemente lo desplaza.

El Buriganga huele a aceite y a algo orgánico que prefiero no identificar con demasiada precisión. El agua es marrón oscuro con manchas verdosas cerca de los pilones. Un chaval de unos doce años me ha intentado vender una botella de agua que no tenía etiqueta, a tres takas, y le he dicho que no. Luego me ha preguntado en inglés si era japonés. Le he dicho que no, que español. Ha asentido como si eso le explicara algo.

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