Llevaba el morrón al hombro durante diez metros antes de darme cuenta de que no, que la correa sigue rota, que no puedo ponérmela encima sin que todo el peso caiga hacia un lado de manera antiestética y potencialmente cara. La agarro por el asa como desde Halifax. Lo mismo de siempre.

Hoy había una posibilidad real de salir de Goose Bay: una conexión que dependía de que cierta logística funcionara. No funcionó. Séptima vez en lo que va de esta historia que algo se estanca en el momento equivocado, y lo curioso es que ya no me produce la variedad de sorpresa que producía antes, sino una especie de reconocimiento plano, casi aburrido, como cuando te equivocas dos veces seguidas con la misma contraseña y en la tercera ya sabes que vas a fallar. El destino tenía la cara de quien no está dispuesto a negociar hoy.

El asunto práctico es que me quedé en Green Street, lo cual, dadas las circunstancias, es el único sitio donde la matemática de este día tiene algún sentido. En Pep's me tenían trabajo: huevos fritos a las seis y media de la mañana, mesas, el cubo de basura que atascaba la puerta trasera. A cambio, desayuno. No es una solución elegante pero es la que existe y no voy a inventarme otra. Un cocinero de ahí tiene la costumbre de dejar los espátulas sobre el borde de la plancha con el filo hacia dentro, lo que quema la goma del mango cada vez, y nadie parece molestarse en cambiarlo. Lo mencioné una vez. Me miraron como si hubiera propuesto algo absurdo.

La comida que se puede conseguir de esta manera en Labrador, hay que decirlo, no es exactamente lo que yo entiendo por comer bien. Huevos están bien. Pan de molde tostado está bien. Pero soy de los que considera que en cualquier sitio hay al menos un producto local que merece atención, y aquí hay merluza negra que, cuando alguien se toma la molestia de hacerla con un mínimo de criterio, no está mal del todo. Esta mañana no había nada de eso. Había huevos y el mismo pan y una mermelada de fresa que olía demasiado a producto de limpieza como para abrirla con entusiasmo.

Después salí a caminar hacia Hamilton River Road con el morrón en la mano, no en la espalda, lo cual transforma cualquier distancia mediana en algo vagamente incómodo. El calor de julio en Labrador tiene una cualidad particular: es agradable pero dura unas horas contadas antes de volverse nublado y frío como si el verano se acordara de que no es su jurisdicción natural. Vi el Canso estacionado al lado de la carretera, ese hidroavión enorme que llevan años sin mover de ahí, verde con manchas oxidadas por debajo del ala. Le di la vuelta sin ninguna razón especial. Es grande y está quieto, que es básicamente mi descripción del día entero.

El fin de semana del Civic Holiday se acerca, que aquí significa que algunos locales van a montar algo en alguna parte y el pueblo va a parecer ligeramente más habitado de lo habitual. No tengo ninguna razón para emocionarme especialmente con eso, pero al menos cambia algo en la textura de los días, que últimamente son bastante parecidos entre sí.

El Canso tiene una ventana rota por el lado del copiloto, sellada con cinta de carrocero amarilla que alguien pegó hace tiempo y que el sol ya ha puesto marrón. El morrón pesa más de lo que debería para lo que lleva dentro.

Imprescindible en Goose Bay, Canadá

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