Desde Goose Bay salí con el primer vuelo de la mañana y la correa izquierda de la mochila colgando como siempre, atada con el mismo nudo que hice hace días y que ya no engaña a nadie, ni a mí. Gander está a menos de una hora en el aire y vine porque ayer, en ese encuentro que todavía no sé cómo describir ni cómo cerrar, alguien mencionó el museo de aviación de aquí como si fuera una visita obligada, el tipo de cosa que no se discute. Así que aquí estoy, con cero en el bolsillo y la mochila torcida hacia la derecha.
Lo primero que noté al llegar al centro fue que Gander no tiene pretensiones. Roe Avenue es una calle funcional, el tipo de calle que existe para que la gente compre cosas y siga su día, no para que un viajero de paso la fotografíe. Rosie's Restaurant & Bakery tenía la puerta abierta y un olor a pan que no pedía permiso para meterse por la nariz, pero entrar sin dinero y pedir agua del grifo mientras alguien come tostadas tiene un límite de dignidad que hoy no quise cruzar. Me quedé en la puerta el tiempo suficiente para ver que había una señora adentro con una taza de té enorme y una expresión de absoluta indiferencia hacia el mundo exterior, lo cual me pareció admirable.
El museo fue gratis, que era la única condición que yo podía pagar. Y está bien, de verdad, tiene cosas que no esperaba: fotos de cuando Gander era escala obligatoria transatlántica, mapas de rutas que ya no existen, un DC-3 en el interior que parece demasiado grande para estar ahí adentro. Pero el punto central de la visita, la consola interactiva de navegación histórica que se supone que muestra rutas de vuelo de los años cuarenta y cincuenta, estaba apagada con un cartelito pegado con cinta adhesiva que decía "out of order" escrito a mano en marcador negro, y debajo alguien había añadido a lápiz, con letra diferente, "sorry". El sorry me pareció sincero. La consola llevaba un tiempo así, eso se notaba por cómo la cinta adhesiva estaba amarillenta en los bordes.
No es la primera vez que me pasa algo así en este viaje, hace diez días fue un problema de sistema en otro sitio que me costó tiempo y nervios, y la semana pasada hubo dos contratiempos seguidos que ya ni recuerdo bien cómo terminaron. El patrón lo conozco: no hay solución inmediata, hay un trabajo alrededor. Así que hice el trabajo alrededor: encontré a una voluntaria del museo, una chica joven con una camiseta de una banda que no reconocí, y le pregunté si había algún material impreso sobre las rutas. Me miró como si nadie hubiera preguntado eso en mucho tiempo y fue a buscar en un cajón, literalmente en un cajón de madera detrás de un mostrador, y sacó un folleto fotocopiado en blanco y negro que debía tener quince años por el tipo de fuente. Me lo dio sin comentario. Me lo guardé en el bolsillo lateral de la mochila, el que todavía cierra bien.
Después bajé hacia Gander Lake porque alguien en el museo había señalado en esa dirección cuando le pregunté qué más había para ver sin gastar. El lago es grande y quieto y el cielo estaba de ese gris claro que en Terranova no significa que va a llover sino que simplemente es el color del día. Me senté en una roca plana cerca del borde del agua con la mochila apoyada a mi derecha para que no se torciera, y pensé en lo que dijo ayer esa persona en Goose Bay, y en que todavía no he decidido qué hacer con eso. El folleto fotocopiado sobresalía del bolsillo lateral y el viento lo movía un poco, pero no se fue.
Imprescindible en Gander, Canadá
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