¿Cuánto tiempo se puede quedar alguien en un sitio sin dinero antes de que la situación deje de ser interesante y se convierta en un problema logístico con cara de persona? Llevo calculándolo desde las siete y media de la mañana, sentado en el mismo taburete de siempre en Pep's Diner, en Green Street, con la mochila en el suelo al lado de la pata de la barra porque la correa izquierda sigue rota y no hay manera decente de colgarla sin que todo el contenido amenace con caerse hacia un lado. La mochila es, a estas alturas, un bulto que cargo con el brazo doblado, como si fuera una caja de cartón que alguien me hubiera pedido que sostuviera un momento y no hubiera vuelto a recoger.

Darla estaba detrás del mostrador cuando entré, lo cual era de esperar porque Darla siempre está detrás del mostrador, con esa expresión que no es mala ni buena sino simplemente funcional, como un cartel de horarios. Le pregunté si necesitaban algo hecho, barrido, cargado, lo que fuera. No lo pregunté con entusiasmo, porque no lo sentía, y ella lo notó, creo, o simplemente no le importó el tono. Me dijo que había cajas en el almacén que necesitaban moverse hacia la parte trasera y que si las ordenaba por tamaño antes de las diez, podía desayunar. No hubo más negociación. «Cajas», repitió, y señaló hacia atrás con la cabeza. Así quedó el trato.

Las cajas eran de suministros, aceite vegetal en su mayoría, y pesaban lo suficiente como para recordarme que llevar la mochila con un solo punto de apoyo durante días deja las muñecas en un estado peculiar. Tardé cuarenta minutos, no porque fuera lento sino porque el almacén estaba mal distribuido y ordenar por tamaño en ese espacio era casi filosófico: ¿grande según qué eje? Alguien había apilado todo sin ningún sistema visible, lo cual me parece una postura de vida que no comparto pero que al menos tiene coherencia interna.

El desayuno fueron huevos, tostadas y un café que estaba bien pero no tan bien como me lo habían vendido en mi cabeza durante cuarenta minutos de cajas. Así funciona la anticipación en contextos de hambre real: el objeto final siempre pierde frente a la versión imaginada. Me quedé en el taburete más tiempo del necesario, mirando Hamilton River Road por la ventana, que a esta hora de la mañana tiene ese aspecto de infraestructura necesaria sin pretensiones, camiones, algún coche, el letrero de Jungle Jim's visible desde el ángulo donde estoy si me inclino ligeramente, lo cual no es incómodo pero sí requiere consciencia.

Ayer, en algún momento de la tarde, vi a alguien en la acera de enfrente que reconocí del día anterior, del encuentro que no terminé de entender del todo. Un hombre de unos cincuenta años con una chaqueta impermeable verde que ya había visto aparcado frente al mismo edificio de la calle en dos ocasiones distintas, sin entrar ni salir, solo de pie con la vista en el suelo como si estuviera resolviendo una ecuación. Ayer volvió a estar ahí. Esta mañana le mencioné algo a Darla, no con expectativa sino por curiosidad, y ella dijo que vivía a dos bloques, que a veces se quedaba parado porque había perdido a su perro hace unas semanas y que supuestamente lo seguía buscando aunque todo el mundo en el local sabía que el perro ya no iba a aparecer. Me lo dijo sin énfasis particular, como quien lee una instrucción de empaquetado.

No hay mucho más adónde ir hoy. El dinero sigue sin existir en ningún bolsillo mío. La mochila sigue rota. Y el hombre de la chaqueta verde, según Darla, suele aparecer por la tarde también, cerca de la zona donde está el monumento del Canso en Loring Drive, buscando algo que probablemente ya sabe que no va a encontrar pero que necesita seguir buscando de todas formas, lo cual es una idea que al principio suena absurda pero que, si le das vueltas, tiene una lógica que no es fácil de desmontar.

Imprescindible en Goose Bay, Canadá

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