He aterrizado en Taiyuan con lo justo y he ido directo a la puerta de Shouyimen a comprobar si el barrio olía a lo que me habían dicho que olería: carbón y hormigón nuevo. No olía exactamente a eso. Olía a braséro de castaña asada y a escape de moto eléctrica, que es un olor que todavía no sé muy bien cómo describir, porque casi no huele a nada y sin embargo lo distingues. La puerta en sí es más pequeña de lo que aparece en las fotografías: dos torretas de ladrillo oscuro flanqueadas por tiendas de ropa deportiva y un Luckin Coffee con la persiana medio bajada, como si la historia y el comercio hubieran llegado al mismo sitio sin ponerse de acuerdo en el precio del alquiler.
Me he quedado un rato ahí parado, maleta al lado, mirando la placa de piedra que tiene la puerta encima. Un hombre de unos sesenta años con una bolsa de supermercado en cada mano me ha preguntado algo en chino que no he entendido, y cuando le he dicho «no entiendo, español» ha asentido muy despacio, como si eso lo explicara todo, y ha seguido su camino. No ha habido más intercambio. Pero antes de irse ha señalado hacia el norte, hacia Wuyi Road, con un gesto muy concreto, casi de alguien que da instrucciones de trabajo. Lo he interpretado como que por ahí había algo interesante, o simplemente que era el camino más corto para salir del paso. He cogido esa dirección de todas formas.
Shanxi tiene fama de ser la provincia del carbón y de los fideos, en ese orden, y Taiyuan lleva años intentando que el orden se invierta, con más o menos éxito según en qué bloque te pares a mirar. Wuyi Square tiene un par de jardincitos con arbustos recortados en formas geométricas que parecen salidos de un catálogo municipal de 2018, y detrás hay una línea de edificios con fachadas de cristal gris que no acaban de decidir si quieren parecer modernos o solo caros. No me ha parecido una ciudad fea, que conste. Me ha parecido una ciudad que está negociando consigo misma, lo cual es más interesante que una ciudad que ya sabe exactamente lo que es.
El Qinghe Yuan estaba donde decía que estaría, en una calle lateral de Wuyi Road, y la cocina abierta que tiene al fondo vale el viaje aunque el viaje sea solo de veinte metros desde la acera. El cocinero estira los fideos con ese movimiento de látigo que parece imposible hasta que lo ves tres veces y dejas de verlo como truco y lo empiezas a ver como oficio. He pedido un cuenco de la variedad más básica, la que no lleva nada especial encima, porque me quedaban unos pocos euros contados y no iba a gastarlos todos la primera noche. El cuenco ha costado doce yuanes, lo cual equivale a algo menos de un euro y medio, y eso ha reorganizado mentalmente toda mi logística de la semana de una forma que no esperaba, porque llevaba días calculando con los precios de Chengdu en la cabeza, que no son los mismos.
A mi izquierda había una mujer comiendo sola, con el móvil apoyado contra el vaso de té, viendo algo en silencio con auriculares blancos. Delante mío, un hombre con casco de obra todavía puesto pedía una segunda ración sin levantarse del taburete. El sitio tiene seis mesas, un ventilador de techo con una pegatina de Totoro en una de las aspas, y la pared del fondo cubierta de fotografías en blanco y negro de la ciudad que ninguna de las personas que estaban comiendo miraba.
Los fideos estaban buenos. No de manera espectacular, sino de manera sostenida, que es la que dura.
Me quedan cuatro billetes en el bolsillo y una semana por delante en esta ciudad que todavía no sé cómo leer.
Imprescindible en Taiyuan, China
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