El autobús de la línea 47 lleva veinte minutos sin aparecer. No es la primera vez esta semana, ni la segunda, y el panel luminoso de la parada en la 站北东街 sigue marcando «3 minutos» desde hace un cuarto de hora, que es la clase de mentira piadosa que uno ya aprende a interpretar aquí como «no tengo ni idea, pero algo vendrá». He cogido este trozo de acera como mi posición de referencia en Chengdu, lo cual dice algo sobre la clase de viaje que llevo haciendo. No el barrio que uno elegiría para un reportaje bonito, pero sí el que uno termina conociendo de verdad: el tipo que todos los días empuja una carretilla con bombonas de gas, el sonido de las varillas de acero que alguien arrastra por el suelo del local de enfrente, el olor a ajo frito que sale de algún sitio a todas horas sin que yo haya conseguido localizar la fuente exacta.

La cuestión concreta era que necesitaba cargar la tarjeta de transporte en el terminal de la estación, que ayer me había dado un error que no logré descifrar del todo, y esta mañana el terminal ha vuelto a fallar, ha emitido un pitido breve y seco, y ha devuelto la tarjeta sin procesar nada. La chica que trabaja allí me ha mirado con la expresión de alguien que ya sabe lo que voy a preguntarle antes de que lo pregunte y que no tiene una respuesta mejor que un encogimiento de hombros perfectamente ejecutado. Me ha costado un tiempo, una cola, y una cantidad de pasta que ya no me sobra. Con treinta y nueve euros en reserva, cada gasto estúpido pesa más de lo que debería, y este ha pesado. No voy a hacer como si no existiera.

Me pregunto a veces si quedarme en este margen de la ciudad tiene algún sentido narrativo más allá del obvio, que es que ya no tengo demasiado margen económico para hacer otra cosa. La respuesta honesta es que sí y que no a la vez. Sí, porque hay una diferencia entre estar en un sitio y conocerlo, y yo ya conozco los horarios aproximados de las bombonas y el hecho de que el bar de la esquina pone la televisión en un canal de deportes acuáticos a las once de la mañana sin que nadie parezca verla. No, porque quedarse también puede ser la excusa más cómoda del mundo si uno no es cuidadoso con sí mismo.

La 青华路 por la tarde tiene otro ritmo. La he recorrido esta vez despacio, sin ningún objetivo concreto más que cerrar el bucle del día, y me ha parecido más larga de lo que es, que son probablemente dos kilómetros. Hay un tramo donde la acera desaparece y hay que caminar por el borde de la calzada, y alguien ha plantado tres macetas de plástico verde brillante justo en el punto donde la acera vuelve a aparecer, como una señal de bienvenida que nadie ha pensado bien. Las he esquivado. He vuelto a la 站北东街 por donde vine, que era el único desenlace posible.

Pienso en esto del viaje como relato y en si hay relato cuando uno lleva dieciséis días acumulando pequeños problemas en el mismo radio de dos calles. Ayer fue un contratiempo. Hace tres días también. La respuesta que me doy es que probablemente sí hay relato, pero que a veces el relato es simplemente alguien que no se mueve aunque podría, o aunque debería, y que eso también cuenta como decisión aunque no lo parezca desde fuera. Las tres macetas verdes en el borde de la acera de la 青华路. Ahí lo dejo.

Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China

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