Chengdu ha quedado impuesta desde esta mañana, sin preámbulos y sin que yo estuviera del todo listo, después de semanas en Lijiang acumulando el tipo de contratiempos que te hacen desconfiar de cualquier ciudad antes de pisarla. El vuelo ha llegado puntual, que ya era algo que no daba por garantizado después de ayer, cuando el sistema de facturación del aeropuerto antiguo colapsó durante cuarenta minutos y yo me quedé plantado con la maleta entre las piernas, mirando una pantalla negra y calculando mentalmente el margen que me queda para lo que sea que venga ahora. Ochenta euros. Euros, no yuan, que es otra complicación que tengo que resolver. Llegado aquí, con ese número flotando en algún lugar detrás de los ojos, he cogido el metro hasta Caotang y he salido a la calle intentando leer el barrio antes de que el barrio me leyera a mí.
La calle Caotang no es lo que esperaba, aunque tampoco sabía exactamente qué esperaba. Hay una diferencia, que suelo notar tarde, entre los barrios históricos preservados para ser admirados y los barrios históricos que siguen funcionando como barrios, y este parece moverse, con cierta incomodidad, entre las dos categorías. Los aleros de madera son reales, los tejados en capas tienen esa gravedad que da el tiempo, pero debajo de todo eso hay una tienda que vende bolsas de plástico con pandas estampados, otra que parece un local de mahjong reconvertido en venta de snacks, y una tercera cuya función no he podido determinar porque la puerta estaba entornada y dentro solo había un hombre mayor mirando el móvil con el volumen al máximo. No me ha parecido pintoresco. Me ha parecido honesto, que es distinto.
He caminado unos cuatrocientos metros por una de las callejuelas paralelas intentando decidir si valía la pena pagar la entrada a alguno de los recintos cerrados que hay en el interior del tejido. Miraba los carteles, sumaba precios en la cabeza, y la respuesta rápida ha sido no, al menos hoy, porque ochenta euros en una ciudad nueva es una cifra que te obliga a ser selectivo con una velocidad que normalmente reservas para cuando ya conoces el terreno. He pensado en Mei Lihua, en la conversación de ayer por el mercado de la ciudad antigua mientras el té de flores se enfriaba en el vaso, y en cómo ella me dijo, como quien dice algo evidente, que las ciudades chinas se entienden mejor desde fuera que desde dentro de sus museos. No lo decía como filosofía. Lo decía como alguien que vive en ciudades chinas y ha aprendido a no gastar la entrada.
Ha sido en ese momento de indecisión parado frente a un portal de madera con los herrajes pintados de rojo cuando un hombre de unos cincuenta años, que llevaba una caja de cartón bajo el brazo con cara de querer llegar a algún sitio, se ha detenido a mirarme y ha señalado con la barbilla hacia el interior del callejón, diciendo algo que no he entendido del todo pero cuyo sentido general era "por allí, más". No sé si era un vecino, un repartidor, o alguien que simplemente ha decidido que yo tenía pinta de estar perdido, lo cual era cierto. He entrado.
El callejón de dentro no salía en ningún mapa que yo hubiera consultado, lo cual en mi experiencia con la tecnología de cartografía urbana china significa o que el mapa estaba desactualizado o que yo estaba usando la aplicación equivocada, probablemente ambas cosas. Tejados superpuestos, ropa tendida entre dos plantas de un edificio que no debería estar en pie si las ordenanzas municipales fueran estrictas, y un olor persistente a fritanga que venía de algún lugar sin identificar. Ha sido el primer momento del día en que he dejado de llevar la cuenta de nada.
Chengdu funciona de otra manera. No sé todavía de qué manera exactamente, pero es distinta de Lijiang, y eso, esta tarde, me parece suficiente para seguir mirando.
Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China
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