El código QR no pasó. Lo acerqué dos veces al lector de la entrada de Heihelong Tan, el pitido no sonó, y el guardia me hizo un gesto para que me apartara mientras formaba cola la gente detrás. Tuve que ir a una ventanilla donde una señora imprimió un ticket en papel, cobró veinte yuanes en efectivo, y me lo dio doblado por la mitad. Veinte yuanes. Los anoté mentalmente porque con lo que me queda ya no puedo ignorar ni una cantidad pequeña.
Entré con el ticket arrugado en el bolsillo y lo primero que vi fue el agua. El estanque negro de Heihelong Tan tiene algo que no esperaba, que es que de verdad parece negro, no solo oscuro: negro como tinta diluida, con los pabellones y el puente de piedra reflejados en la superficie sin una sola onda. Hay fotos de este sitio por todas partes en los hostales de Lijiang y aun así, cuando lo ves, piensas que las fotos le han hecho un favor exagerado, pero luego te quedas parado y te das cuenta de que no, de que el sitio es exactamente así, y eso te descoloca un poco porque casi nunca coincide.
Me senté en el pretil del puente de piedra. Nadie me pidió que me moviera. Había grupos de gente cruzando hacia el pabellón del otro lado y algún que otro fotógrafo con trípode buscando el ángulo de los tejados curvos contra la montaña, que esta mañana tenía la parte alta cubierta de nubes bajas, las mismas nubes grises que llevan aquí desde ayer. Yo no estaba buscando nada, o eso me dije, pero en algún momento me acordé del hombre del cubo naranja de ayer, el que me señaló hacia arriba por una calle lateral y dijo algo sobre un embalse. No fui. No entendí si era una recomendación o solo un comentario, y esta mañana, mirando el reflejo del pabellón sobre el agua quieta, tampoco tengo más claro qué quería decirme. Queda anotado como pendiente. No sé si el embalse existe como lo describió o si yo malinterpreté la dirección y el hombre apuntaba a otra cosa completamente distinta.
Estuve en el parque más rato del que tenía previsto no por ninguna razón especialmente profunda sino porque no quería moverme. Hay una sensación específica cuando has pagado demasiado por cosas que han salido mal en los últimos días y decides que al menos vas a quedarte quieto y no gastar más. Es más obstinación que paz. Crucé el pabellón, vi los peces naranjas enormes moviéndose despacio bajo el agua, y en un lateral había un puesto de infusiones de flores con los precios escritos a mano en una pizarra pequeña. No pedí nada. No por principio, sino porque la lista de las flores no decía qué sabor tenía cada cosa y me parece una molestia tener que preguntar cuando la respuesta probable es «es muy bueno» y nada más.
Me encantan los mercados, y el tramo final por los callejones de la Ciudad Antigua de Dayan fue lo más útil del día, aunque útil es una palabra rara para describir caminar sin rumbo entre puestos de especias, figuritas de madera y camisetas con caracteres naxi estampados que probablemente no dicen nada importante. Un vendedor tenía expuestas en un cartón unas cajitas de té prensado del tamaño de monedas y las olí todas mientras él miraba hacia otro lado con el gesto de quien ya sabe que esto no acaba en venta. Tenía razón. Seguí andando por la calle empedrada con el olor a madera húmeda y a fritanga de tofu que es el olor básico de este barrio a cualquier hora del día, y cuando el callejón se estrechó hasta que dos personas apenas podían cruzarse me pareció bien parar ahí.
El cubo naranja sigue sin resolverse. El escáner tampoco va a arreglarse solo.
Imprescindible en Lijiang, China
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