Anteayer la aplicación de mi banco dejó de funcionar durante tres horas seguidas y no me devolvió el dinero que se había bloqueado hasta que le escribí al servicio de atención al cliente desde el WiFi de una cafetería que olía a ambientador de fresa barata. Eso fue anteayer. Hoy he venido al estanque de Tinghé porque está a diez minutos andando, porque no cuesta nada entrar, y porque a veces lo más sensato es no moverse de donde estás.

El estanque no es espectacular. Hay que decirlo para que quede claro: no es el tipo de sitio que aparece en los carteles del metro con una fotografía de la luz reflejada en el agua y el titular «descubre el Chengdu auténtico». Es un estanque en el distrito de Shuangliu, rodeado de bloques de pisos y una hilera de tiendas de las que venden de todo sin especializarse en nada, y lo que tiene es exactamente eso: una orilla, patos, y gente que ha ido allí porque está cerca de su casa. El agua estaba bastante quieta esta mañana. En octubre la luz de Sichuan tiene algo raro, una opacidad blancuzca que hace que las sombras no sean negruzas sino grises, y que las hojas que flotan sobre el agua parezcan de papel en lugar de materia orgánica. Me ha gustado eso. No el estanque en general, sino ese efecto concreto.

Había un hombre pescando en el tramo más estrecho de la orilla, en un sitio donde la vegetación que bordea el camino forma una especie de nicho que da un poco de privacidad. Llevaba una silla plegable azul desgastada, de las que tienen el logo de alguna marca impreso en el respaldo pero ya no se puede leer qué marca es. El hilo estaba metido en el agua y él miraba el flotador sin ningún apuro visible. Pasé por delante, él levantó la vista, nos miramos un segundo, y yo asentí con la cabeza sin saber muy bien por qué. Él también asintió. Eso fue todo. Me senté diez metros más allá en una de las piedras bajas que hacen de pretil y estuve mirando el agua un buen rato. En la sociedad gastronómica de Santa Oliva tenemos un socio, Ramón, que pesca así, con esa concentración tranquila que parece meditación pero que en realidad es solo paciencia, y siempre digo que no entiendo cómo puede quedarse quieto tanto tiempo. Hoy, sentado en esa piedra con el agua parada delante, lo he entendido bastante mejor.

He comido en un local pequeño que está en la calle que baja desde el estanque hacia la avenida principal, tres mesas, una nevera con bebidas enfrente de la puerta, y un menú escrito en una pizarra que alguien ha borrado y reescrito tantas veces que los caracteres de abajo tienen un contorno fantasma de la escritura anterior. He pedido señalando porque no había otra opción. Lo que me han traído era algo parecido a unos fideos en caldo con verdura encurtida por encima, bastante picante, bastante bueno, y una botella de agua. El camarero no sonrió en ningún momento. No por mala educación, creo, sino porque no era el tipo de sitio donde nadie sonríe, simplemente te ponen la comida delante y ya.

He vuelto al estanque después. El pescador seguía en su sitio. El flotador no se había movido, o eso me ha parecido, que es casi lo mismo. Me he quedado un rato más, el suficiente para que las piernas empezaran a protestar por lo dura que estaba la piedra, y luego he cogido el camino de vuelta. Shuangliu a media tarde tiene ese sonido de fondo constante que tienen todos los barrios chinos de tamaño medio: motos eléctricas, algún niño, música saliendo de algún sitio que no logras identificar. No he encontrado nada que añadir al mapa. El flotador seguía ahí cuando me he dado la vuelta por última vez.

Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China

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