¿Por qué me ha tardado quince días en darme cuenta de que la entrada es gratis?
Eso es lo primero que he pensado esta mañana al llegar a la verja de la Caotang, el museo dedicado a Du Fu, aquí en Qinghua Road (青华路). Quince días en Chengdu contando cada yuan, preguntándome si podía permitirme entrar a sitios que al final son gratuitos de puertas afuera. El chico que trabaja en la entrada, con una chaqueta reflectante naranja que no combina con nada, ha levantado la vista de su móvil el tiempo justo para indicarme con la mano que pasara. Sin QR, sin aplicación que falla, sin escáner que se congela. Solo pasar. Me ha resultado tan sencillo que he mirado hacia atrás por si me había saltado algo.
El caso es que ayer me quedé con una cosa que no he terminado de entender. Hay un hombre que lleva dos días rondando la misma esquina de Caotang Street, cerca del lago Zhengue, con una bolsa de plástico blanca llena de algo que nunca he conseguido ver bien. Ayer cruzamos miradas durante un buen rato, y cuando me he acercado para preguntar qué vendía, ha señalado la bolsa, ha dicho algo en mandarín muy rápido, y se ha dado la vuelta. No con mala intención aparente. Solo cerrado. Esta mañana he buscado esa esquina y el hombre ya no estaba, y la bolsa tampoco. No sé si eso resuelve algo o simplemente lo deja caer al suelo.
El recinto de la Caotang es grande y bastante tranquilo a estas horas. Los árboles tapan bastante la luz, hay un olor a agua parada que viene del lago, y los caminos están mojados aunque no ha llovido. Una mujer mayor barre hojas junto al edificio principal con una escoba de bambú que hace un ruido seco y repetitivo que se oye de lejos. No hay mucha gente todavía, lo cual se agradece. El sitio no es precisamente espectacular desde fuera: la fachada da a la calle sin demasiada ceremonia, una puerta de madera oscura, un cartel en chino y en inglés, nada más. Si no supieras adónde vas, podrías pasarlo sin verlo.
Lo que me ha resultado curioso, ya dentro, es que Du Fu escribía sobre ser pobre y desplazado, y la placa explicativa lo dice así, sin rodeos, como si fuera un mérito burocrático: "vivió aquí en condiciones de extrema pobreza durante cuatro años". Hoy me quedan ochenta yuanes. No pretendo hacer ninguna comparación grandiosa porque sería ridícula, pero el dato ha estado ahí mientras caminaba por el circuito de los lagos, un poco incómodo con la coincidencia.
He explorado qué se puede comer cerca sin que el presupuesto se hunda del todo. Hay puestos en Wangjiang Road que venden mantou al vapor por dos yuanes la pieza y algo que parece caldo con tofu por seis. No he entrado porque el local tenía el suelo tan pegajoso que el sonido de mis zapatillas al andar era audible, pero he tomado nota. Sobrevivencia más que gastronomía. El reconocimiento del terreno, básicamente.
Al salir, un grupo de jubilados con paraguas aunque no hay lluvia ha ocupado el banco que yo quería. Me he quedado de pie junto a la pared de la fachada unos minutos, mirando cómo uno de ellos sacaba un termo y llenaba vasos de plástico mientras los demás hablaban sin parar. La escena no iba conmigo, pero tampoco necesitaba hacerlo. He cogido Qinghua Road hacia el norte. El suelo de la acera tiene unas baldosas hexagonales de color verde pálido que en algunos tramos están tan levantadas que hay que esquivarlas o tropezar. He esquivado casi todas.
Imprescindible en Chengdu (Shuangliu), China
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