«¿Volviste?», me dijo Darla desde detrás del mostrador de Pep's, sin levantar los ojos del trapo con el que secaba un vaso. No era una pregunta con mucho afecto dentro. Era más bien el tipo de pregunta que se hace cuando alguien aparece por segunda vez en menos de veinticuatro horas y tú ya sabes perfectamente por qué ha vuelto, que no es precisamente por la decoración, que consiste en un tablón de fotos con peces enormes y un calendario del 2024 que nadie ha quitado de la pared.
La historia de ayer es esto: llegué a Pep's con la mochila cargada en el brazo derecho porque la correa izquierda cedió hace días y ya no confío en ella, me senté en el taburete del fondo porque era el que tenía menos luz encima y me sentía un poco visible para el esfuerzo que supone estar recién llegado a Goose Bay sin nada en el bolsillo. Darla me trajo la carta. Yo la miré. Eran precios normales para cualquier persona con dinero, que no era mi caso exactamente. Le pregunté si el char ártico que ponía en la pizarra era el mismo del menú o si era otra cosa, y ella me explicó que la pizarra era el excedente del día, que a veces quedaba más y a veces menos. Le pregunté cuánto era por la pieza más pequeña. Me dijo un precio. Le dije que si podía hacer algo con eso porque yo acababa de llegar de Halifax con un retraso que no voy a detallar aquí y llevaba más horas de lo razonable sin comer nada caliente. Darla me miró. Yo aguanté la mirada, que es lo único que se puede hacer en esa situación. Y entonces dijo que volviera al día siguiente y ya vería.
Al día siguiente era hoy.
Volví. Con la mochila otra vez en el brazo, que pesa más de lo que parece y que para las once de la mañana ya me ha dejado el antebrazo con esa tensión sorda que no duele pero tampoco desaparece. Darla no dijo nada más que esa pregunta inicial y luego desapareció hacia la cocina. Yo me quedé sentado esperando sin saber bien qué iba a pasar, que es una sensación bastante concreta y no especialmente agradable. Al cabo de un rato salió con un plato: char ártico sobre una fuente de cerámica que tiene los bordes desportillados en dos sitios, con unas patatas hervidas al lado y algo que podría ser mantequilla de eneldo o podría ser otra cosa. Me cobró bastante menos de lo que ponía en la pizarra y no me explicó por qué, simplemente me puso la cuenta boca abajo encima de la mesa, que es su manera de dar la conversación por terminada.
El pescado estaba bien. No voy a decir que estaba extraordinario porque no lo sé con certeza y además me parece que cuando uno tiene hambre de verdad todo sabe mejor de lo que es, así que prefiero ser justo: estaba bien, estaba caliente, y la cerámica tenía esa temperatura que conserva el calor del horno más de lo que uno espera. Eso es suficiente para hoy.
Lo que no tengo claro es qué significa lo que hizo Darla, si fue un gesto de una persona que simplemente no quería discutir a primera hora de la mañana o si hay algo más práctico detrás, como que necesita llenar taburetes antes del fin de semana largo que se acerca y un cuerpo sentado es mejor que un taburete vacío. La semana que viene es el lunes festivo y Goose Bay no es exactamente una ciudad que se llene de gente de paso, así que tampoco descarto la segunda opción.
La mochila sigue rota. Darla sigue sin sonreír. Y yo sigo aquí, con el antebrazo tenso y el plato vacío delante.
Imprescindible en Goose Bay, Canadá
Este post contiene enlaces de afiliados.