¿Para qué vine hasta aquí? No es una pregunta retórica, es la que me hice literalmente en el tren, con la mochila apoyada en las rodillas porque la correa izquierda lleva días sujeta con un nudo que parece más optimismo que ingeniería. Salí de Sydney esta mañana con la idea de que Deer Lake merecía al menos un vistazo, y ahora que estoy aquí entiendo que "Deer Lake como destino" es una contradicción que la propia ciudad no intenta resolver.
El tren te deja lo bastante cerca para que camines, y caminas, y lo que ves es básicamente la Trans-Canada Highway haciendo su trabajo de autopista sin disculparse por nada. El Big Stop Restaurant aparece ahí, grande y honesto, con ese neón que no promete nada especial y precisamente por eso no defrauda. Me senté en la barra y pedí un café solo, lo cual es todo lo que podía permitirme con los bolsillos como están. El café era correcto, ni bueno ni malo, del tipo que se sirve en sitios donde la gente para cinco minutos antes de volver a la carretera. Alguien había dejado en la barra una taza con forma de alce. No decorativa, de uso. Estaba manchada por dentro con el óxido pardo del café de semanas y nadie la había retirado. Me quedé mirándola más tiempo del necesario.
La camarera, una mujer de unos cincuenta años con una coleta tirante que le tensaba las cejas hacia arriba dándole permanente expresión de sorpresa, rellenó mi taza sin preguntar. No dijo nada. Yo tampoco. Había camioneros en las mesas del fondo, dos familias con niños que llevaban demasiado rato conduciendo y se notaba, y un hombre mayor con una chaqueta de pescador naranja que leía algo en papel, no en pantalla, lo cual en 2026 ya tiene cierta rareza silenciosa.
Subí después hacia el lago. Bennett Avenue sale fácil si no tienes prisa, y yo no tenía prisa porque no tenía nada más que hacer con tiempo libre en un sitio donde cada comercio asume que llevas coche y tarjeta. El lago en agosto bajo ese cielo de Newfoundland que no termina de decidirse entre nublado y gris oscuro tiene un color que no me gusta: un pewter mate, plano, sin textura desde la orilla. Bonito en fotografía porque las fotos perdonan la frialdad. En persona simplemente está ahí, grande e indiferente, con la línea de abetos al fondo igual que un telón que nadie pintó pensando en visitantes.
Me acordé de repente de las playas de Tarragona en agosto. No por nostalgia, sino por contraste físico: el olor a protector solar y anchoas fritas, los castellers ensayando en la explanada por las tardes, el ruido que hace el mar cuando hay veinte personas metiéndose al mismo tiempo. Aquí el lago no hace ruido. Un par de gaviotas sobrevolaron la orilla y se marcharon sin convicción, como si ellas también hubieran venido a ver qué había y la respuesta fuera "no mucho".
La correa del hombro izquierdo aguantó todo el día, que es lo mínimo que se puede pedir de un nudo. Ayer y anteayer fueron dos días en los que algo fallaba sin que yo pudiera hacer gran cosa, y el día de antes igual. Me he acostumbrado a comprobar que las cosas siguen en su sitio con esa eficiencia un poco cansada del que ya no se fía del sistema pero tampoco tiene energía para escandalizarse. La mochila está. El café estaba. El lago sigue ahí.
El tren de vuelta a Sydney sale antes de que oscurezca, que en Newfoundland en agosto significa bastante tarde. Mientras espero, veo a un niño intentando lanzar una piedra plana para que rebote en el agua. No le sale. La piedra se hunde cada vez sin rebotar, y él la busca con la mirada en la superficie un momento, como esperando que vuelva.
Imprescindible en Deer Lake, Canadá
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