«El Wi-Fi del café se cortó justo cuando estaba cargando la página», me dijo el chico que limpiaba mesas en el Governor's Pub, como si eso me fuera útil a estas alturas. Ayer pasó lo mismo, solo que con el portátil enchufado y todo. Cuatro intentos de acceder al portal de Gander en nueve días y los cuatro han terminado igual: pantalla en blanco o carga infinita. Hoy no era diferente. Guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón porque meterlo en la mochila implica agarrar la mochila por el asa, maniobra que ya he perfeccionado tanto que me da vergüenza admitirlo.

La correa izquierda no aguantó el último intento de reparación con cordel. Eso fue hace cuatro días, antes del Natal Day, y desde entonces cargo el bulto colgado de la mano derecha como si fuera una bolsa de supermercado. No pesa poco. El cuero del asa ya tiene una marca blanca donde se dobla y hay un momento, pasadas dos horas de caminar así, en que el antebrazo empieza a protestar. Esta mañana bajé por Charlotte Street hasta el Esplanade con el brazo estirado y la mochila golpeando levemente contra mi cadera cada dos pasos, ritmo que no invitaba a la reflexión profunda.

El Esplanade estaba más tranquilo de lo que esperaba para ser martes. Ayer fue festivo, Natal Day, y el residuo habitual de esas jornadas suele ser basura en las papeleras hasta los bordes y algún grupo que no se entera de que ya acabó la fiesta. Aquí no. El puerto olía a agua fría y a gasoil, y el Big Fiddle seguía ahí, rojo y quieto, mirando al mar con esa expresión que tienen los monumentos grandes cuando nadie les hace fotos. Un hombre con botas de goma y una bolsa de plástico recogía algo cerca de la orilla. No levanté la vista más de lo necesario.

El asunto del Governor's Pub tenía una lógica sencilla: entrar, preguntar si necesitaban a alguien para llenar cajas en el almacén o fregar durante el servicio de mediodía, y salir con un acuerdo o sin él. El encargado, un tipo con una mancha de salsa en la manga de la camisa que claramente no era de hoy, escuchó mi propuesta con la cara de quien calcula si merece la pena responder. «Vuelve el jueves por la mañana antes de las diez», dijo. No es un sí. Tampoco es un no. Es el tipo de respuesta que en otras circunstancias ignoraría, pero con saldo cero en la tarjeta y cuatro noches más por gestionar, el jueves a las diez es lo más parecido a un plan que tengo.

Intenté de nuevo lo de Gander al mediodía, esta vez desde la biblioteca pública de Whitney Pier, donde la conexión es más estable. Cargó hasta el setenta por ciento de la página y luego el sistema devolvió un error de sesión caducada. Abrí otra pestaña. Mismo error. Hay algo casi cómico en la cantidad de veces que este trámite se resiste, pero no estoy en posición de encontrarlo cómico todavía. Lo anoté como pendiente para mañana y cerré la pestaña.

La correa sigue rota. La conexión sigue siendo un problema. El jueves antes de las diez, si el encargado del pub recuerda la conversación y la mancha en su manga no lo ha distraído demasiado.

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