¿Cuántos "intente más tarde" puede leer una persona antes de que el portátil salga volando por la ventana? Porque hoy van seis. Seis veces el mismo círculo girando en la misma pantalla gris, el mismo formulario que no envía, el mismo asunto de Gander que sigue ahí como una muela que nadie quiere sacar. Me senté en la sala común del hostel a las nueve de la mañana con la intención de resolver algo concreto, y tres horas después la correa de la mochila sigue rota y el saldo sigue en cero y el portal sigue sin funcionar.
Lo del fallo de ayer no fue igual a los anteriores, que es lo único que rescato del día. Anteayer fue un problema de acceso puro, la semana de antes también, pero lo de hoy tiene otra textura: el sistema carga, te muestra los campos, te deja escribir todo, y luego al pulsar enviar simplemente desaparece. No da error. No dice nada. Desaparece. Eso es peor porque te obliga a repetirlo dos veces más por si acaso, y cada vez pierdes veinte minutos pensando que quizás esta vez sí.
El asunto de Gander lleva semanas abierto. No voy a exagerarlo ni a convertirlo en drama, pero tampoco voy a fingir que no ocupa espacio mental real. Hay un trámite administrativo que no puedo cerrar hasta que ese portal responda, y el portal no responde, y mientras tanto la cuenta está a cero y yo estoy aquí sentado bajo los fluorescentes de esta sala que huele vagamente a fideo instantáneo y a la funda de vinilo de los sofás cuando llevan mucho tiempo con el calor encima.
Salí un rato al paseo frente al agua, más que nada porque necesitaba no ver esa pantalla durante diez minutos. El cielo de agosto en Cape Breton tiene esa calidad de luz fría que engaña: parece que va a hacer buen día y luego el viento llega desde el este y te recuerda que estás bastante al norte. Caminé un trecho sin rumbo concreto, con la correa izquierda de la mochila enrollada alrededor de la hebilla para que no arrastre por el suelo, que es la solución provisional que llevo usando desde hace más días de los que debería. En algún momento tendré que buscar hilo encerado y aguja. Hoy no es ese momento.
Volví a intentarlo por la tarde. Esta vez el sistema ni siquiera cargó la página inicial, lo cual tiene su mérito propio: es un fracaso más limpio. No hay nada que rellenar, no hay ilusión de progreso. Escribí en un papel los pasos exactos que había seguido, los horarios de cada intento, los mensajes de error cuando los hubo, porque si alguna vez consigo hablar con alguien que sepa algo voy a necesitar esa información y no quiero depender de la memoria.
No me moví de Sydney porque no tiene sentido moverse cuando lo que hay que resolver no está en ningún otro sitio físico. Eso no es resignación, aunque entiendo por qué puede parecerlo. Es que a veces la acción correcta es quedarse quieto y documentar y esperar a que el sistema vuelva a estar disponible, y hacer eso de manera deliberada es distinto a hacerlo porque no se te ocurre otra cosa. Al menos eso me digo.
El papel con los pasos está doblado en el bolsillo delantero de la mochila, junto a la hebilla que ya no sujeta nada.
Imprescindible en Sydney, Canadá
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