¿Cuántas veces se puede reparar lo mismo antes de que la reparación se convierta en el problema?
Lo del cinta adhesiva empezó hace unos días, cuando la costura cedió por primera vez. Me conformé con lo que tenía a mano y funcionó, más o menos, durante una semana de uso constante, de subir y bajar calles empedradas, de colgarlo y descolgarlo con la prisa de quien nunca tiene todo listo. Pero esta mañana, en la Rua d'Água, con el sol ya pegando fuerte sobre la piedra basáltica y la mochila cargada con lo de siempre, la correa izquierda ha hecho un ruido seco y ha cedido del todo. No ha sido un desgarre dramático sino algo peor: el sonido casi inaudible de algo que ya no tiene nada que aguantar. La cinta adhesiva, que llevaba días enrollada dos veces sobre sí misma en distintos colores porque fui usando lo que encontraba, ha quedado colgando en espiral como la piel de una naranja.
Me he quedado parado en la acera, sujetando la mochila con el brazo derecho, mirando la correa. El tejido debajo de la cinta está raído hasta las fibras individuales, color de tierra vieja, y hay marcas de al menos tres intentos de reparación distintos: el parche de nailon que pegué en algún momento del que ya no recuerdo ni el día, los dos metros de cinta que añadí cuando aquello empezó a despegarse, y algo que parece musgo pero que es el adhesivo reseco del último intento. Un señor mayor me miró desde el otro lado de la calle como si yo estuviese mirando un muerto.
El problema concreto es que no tengo dinero. No es una metáfora: el saldo está en cero y el portal que debería dejarme hacer algo al respecto sigue sin funcionar, como lleva sin funcionar desde hace cuatro días. Ayer intenté acceder de nuevo, una vez más, y la pantalla me devolvió el mismo error de siempre. Así que la opción de comprar nada, ni siquiera una correa de recambio de las más baratas, no existe hoy.
Lo que sí existe: una ferretería pequeña en el Largo Doutor Francisco Luís Tavares donde he entrado a preguntar, con toda la vergüenza del mundo, si tenían algún trozo de cuerda o correa que no les sirviera. El hombre detrás del mostrador me ha mirado durante tres segundos completos sin decir nada, luego ha sacado un rollo de cuerda de polipropileno naranja, del tipo que usan para atar cosas en las obras, y ha cortado metro y medio sin que yo dijera ni cuánto necesitaba. No me ha cobrado. No ha dicho nada tampoco. Me ha entregado el trozo y ha vuelto a lo suyo.
Con eso he pasado la siguiente media hora sentado en un bordillo, pasando la cuerda por las presillas de la mochila y haciendo un nudo que funciona pero que tiene el aspecto exacto de lo que es: una solución provisional con ánimo de permanencia. La cuerda naranja es demasiado visible, contrasta con el negro desgastado de la tela, y me ha recordado de golpe a una botella de aguardiente de medronho que compré en un mercado en otra ciudad y que llevaba una cuerda igual atando el corcho, naranja también, sin etiqueta, como si el envase fuera lo de menos. Esa botella era honesta de una manera que la mochila ya no tiene manera de serlo.
Me he levantado, he puesto la mochila en los hombros, he ajustado el nudo. La cuerda aguanta. Hay pancartas a medio colgar en algunas calles laterales, preparativos para algo que pasa dentro de dos días según lo que oigo a los vecinos, pero yo estoy pensando principalmente en si el nudo va a aguantar los próximos siete días o si esto acaba igual que la cinta adhesiva: bien durante una semana y luego un ruido seco en el peor momento posible.
Imprescindible en Ponta Delgada, Portugal
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