La correa izquierda de la mochila lleva dos días amenazando con separarse del cuerpo principal. El trozo de cinta americana que pegué hace no sé cuánto aguantó bien hasta ayer, cuando la costura cedió otros dos centímetros y el adhesivo empezó a rizarse por los bordes como si tuviera calor. Tiene calor. Todo tiene calor aquí en agosto.
Entré en un tasco de la parte vieja, cerca del puerto, y pedí el pescado del día porque era lo más barato y porque no tenía sentido fingir que iba a pedir otra cosa. Una merluza a la plancha con patatas hervidas y un cuenco pequeño de ensalada que llegó sin que yo lo pidiera, lo cual agradecí más de lo que me esperaba. El mantel de papel tenía impreso un mapa de las islas que alguien había garabateado con un bolígrafo hasta dejar ilegible São Jorge. Sin razón aparente. Me quedé mirándolo mientras esperaba.
Lo de ayer fue otro parón. No el primero, ni el segundo, ni el tercero de las últimas semanas. El octavo, si se cuentan bien desde finales de julio. Hay cierto punto en el que dejar de sorprenderse no es resignación sino simplemente aritmética. Algo que debía ocurrir no ocurrió. Bien. La merluza llegó en su punto, con un chorrito de limón que nadie me había preguntado si quería pero que tampoco me molestó.
La mochila la dejé apoyada contra la pata de la silla con el peso distribuido hacia el lado derecho, que todavía aguanta. Es un sistema provisional que llevo practicando desde hace días y que funciona hasta que no funciona. No tengo con qué comprar cinta nueva, no tengo con qué reemplazar la mochila, y tampoco tengo muy claro qué haría si la correa terminara de ceder esta tarde. Probablemente cargarla con el brazo hasta encontrar algo, que tampoco sería la primera solución absurda de esta semana.
Fuera, en la calle que baja hacia el paseo marítimo, había más movimiento de lo habitual para un viernes por la tarde. Una furgoneta descargaba sillas plegables de plástico blanco frente a una parroquia. Una señora mayor discutía con otra sobre dónde poner algo, un arreglo floral o una pancarta, no llegué a verlo bien. Mañana es la Asunción y en Ponta Delgada eso tiene peso, no el tipo de peso que se puede ignorar. Pasa igual que con la cinta de la mochila: todo el mundo sabe que hay algo importante a punto de ocurrir, pero el día anterior todavía es solo el día anterior.
Terminé el pescado, bebí el café que pedí después porque el servicio tardó en traer la cuenta y aproveché la espera, y salí a la calle con la mochila cargada en el hombro derecho como si fuera deliberado. No lo era. Subí hacia la parte alta del casco antiguo sin un destino concreto, que es una forma de decir que estaba esperando que pasara algo sin admitir que esperaba. No pasó nada particular. Fachadas bajas de piedra basáltica, algún escaparate cerrado, una ferretería que sí estaba abierta y en la que entré a ver si tenían cinta adhesiva de la buena a un precio que pudiera afrontar. No la tenían, o no a ese precio.
El borde de la cinta americana que aún queda pegado sigue levantándose cada vez que ajusto el peso.
Imprescindible en Ponta Delgada, Portugal
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