Llevaba tres días esperando que se arreglara sola, esa página que no carga, ese sistema que da error sin explicación ni horario. Hace tres días fue el último intento en serio: pantalla blanca, botón de reenvío, nada. Así que en algún momento entre el desayuno y las nueve de la mañana tomé la única decisión que tenía sentido: si las cosas no se mueven, me muevo yo.

El vuelo duró lo que tarda en enfriarse un café. Y Funchal en agosto huele distinto a Ponta Delgada, más denso, más mezclado, con algo a gasolina y flor tropical que no sé si es agradable o simplemente intenso. Bajé hacia el frente marítimo porque no tenía otro plan y porque cuesta abajo, con la mochila apretando el hombro izquierdo más de la cuenta, al menos el esfuerzo va con la gravedad. La cinta de embalar que sujeta la correa lleva días perdiendo adherencia y esta mañana noté que uno de los bordes empezaba a enroscarse hacia afuera como una etiqueta de supermercado mojada. No la toqué. Tocarla sería admitir que hay que hacer algo al respecto.

La Rua de Dom Carlos I a media mañana no tiene ningún glamour y me parece bien. Hay cajas de plástico apiladas junto a un portal, un hombre con mandil verde que mueve algo pesado con ruedas, y el olor a yodo y a agua con hielo que sale de dentro del mercado antes de que uno llegue a la puerta. Entré porque estaba abierto, no porque lo hubiera planeado. Dentro, la luz fluorescente aplasta todo: los lomos de las espadas, las piezas de atum cortadas en secciones que parecen ingeniería más que cocina, las manos de los vendedores que pesan sin mirar la balanza. Una mujer con botas de agua azules discutía en voz alta con alguien que no respondía, o que respondía desde otra sala, no quedaba claro. Nadie me prestó atención, lo cual agradezco.

Me quedé más tiempo del necesario. En la sociedad gastronómica de Santa Oliva llevamos años discutiendo sobre si el pez espada de Madeira vale lo que dicen que vale. La respuesta, vista de cerca, es que sí pero que el precio tiene que ver con lo que se tarda en traerlo, no con lo que cuesta aquí. Eso no lo voy a poder argumentar con datos, pero sí con haber visto los lomos de primera mano bajo esa luz de almacén que no favorece a nadie.

Después caminé hasta el Passeio Marítimo porque quería ver cómo estaba la zona hacia la Estrada Monumental, esa franja de hoteles y tiendas de souvenirs que existe en todas las ciudades portuarias del Atlántico con ligeras variaciones de fachada. No me decepcionó en el sentido de que era exactamente lo que esperaba: terrazas con sombrillas de marca de cerveza, niños con helado, algún cartel que anunciaba algo relacionado con la festividad del quince de agosto. La ciudad de trabajo estaba a diez minutos de aquí y parecían países distintos.

No gasté nada. Eso suena más dramático de lo que es: hay días en que caminar y mirar no cuesta dinero y eso, en Funchal en agosto, tampoco es un mérito especial porque la ciudad está diseñada para que uno camine y mire antes de sacar la cartera. Que yo no saque la cartera no es virtud, es circunstancia.

La correa de la mochila aguantó todo el día. El borde enroscado de la cinta sigue ahí, un poco más despegado que esta mañana. Los sistemas siguen sin responder.

Imprescindible en Funchal, Portugal

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