«¿Buscas el embalse?», me preguntó alguien desde la cuneta, un hombre de unos cincuenta años con un cubo de plástico naranja en la mano, sin más contexto que ese. Le dije que sí, que algo así. Señaló hacia el sur con la barbilla y siguió caminando como si la conversación hubiera acabado antes de empezar, lo cual agradecí.
He llegado al mirador del embalse de Wenbi con ochenta y cuatro yuanes y medio en el móvil y la sensación bastante concreta de que algo en este viaje ha estado funcionando mal durante semanas. No de forma dramática, que conste, sino de esa manera sorda y repetida que hace que al final estés parado frente a un embalse de irrigación al sur de la ciudad haciendo cuentas que ya sabes de memoria. Ciento ochenta yuanes largos perdidos desde finales de septiembre. Siete incidentes. El lector de QR de Jiefeng Lou que falló hace tres días y me costó veinte yuanes en gestiones alternativas. El contratiempo de ayer, que no merece ni más detalles ni más energía de la que ya me quitó. Ocho veces el mismo golpe, con distintos envoltorios.
El embalse no tiene ninguna intención de consolarme y se lo agradezco. Es agua contenida entre colinas, punto. Hay una represa de hormigón con marcas de nivel pintadas en gris y naranja, bastante desgastadas, y el agua está quieta con ese color verde grisáceo que tienen los embalses cuando no llueve desde hace días. No hay ninguna magia aquí, que quede claro. Lo cual no quiere decir que el sitio sea feo: es funcional y silencioso, y desde el mirador se ve bien la orientación sur de todo el valle, con las montañas detrás poniéndose en fila sin pedirle opinión a nadie.
Me he quedado quieto un buen rato. No porque la vista me haya retenido, sino porque en mi sociedad gastronómica en Santa Oliva tenemos una frase que usamos cuando alguien se pone a hacer algo sin pensar: «primero para, luego mueve». La aplico al viaje con resultados mixtos, pero hoy la aplico a mí mismo con cierta convicción. Quedarme en Lijiang, parado frente al agua, es una elección, no una inercia. Hay una diferencia, aunque desde fuera no se note.
El hombre del cubo naranja ha aparecido de nuevo unos veinte minutos después, esta vez sin el cubo, caminando en sentido contrario. Me ha mirado con esa expresión de los locales que no entienden por qué alguien se detiene en un embalse de riego, pero sin hostilidad, más bien con una curiosidad práctica. He sacado el móvil para hacer ver que miraba algo, lo cual es una pequeña cobardía que reconozco sin orgullo especial.
El problema con llevar la cuenta de todo es que al final tienes la cuenta pero no la respuesta. Ochenta y cuatro yuanes y medio. Dos días más en la ciudad antes de decidir nada. Ayer el contratiempo, antes el fallo del lector, antes los tres golpes seguidos de finales de septiembre y principios de octubre que parecían una broma de mal gusto de algo que no tiene sentido personalizar. El embalse almacena agua para cuando haga falta. Yo estoy almacenando, supongo, algo parecido, aunque la metáfora se rompe bastante pronto si la aprietas.
El agua sigue quieta. Las marcas de nivel dicen que está bien surtido, o eso interpreto yo que no sé leer chino más allá de cuatro caracteres de supervivencia. Una garza, o algo que se le parece mucho, ha aterrizado en el borde de la represa y se ha quedado tan inmóvil como yo, lo cual me ha parecido irritante de una forma que no sé explicar del todo.
Imprescindible en Lijiang, China
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