Ayer me desperté con una pequeña chispa de curiosidad, así que decidí dejar atrás Ad Dammam por un día y dirigirme a Dubai. Había escuchado sobre la grandeza de sus rascacielos, el bullicio de sus mercados y, honestamente, necesitaba que algo rompiera la rutina. En cuanto llegué, el calor y el aroma de especias me golpearon con fuerza. No esperaba que la ciudad me recibiera con tanta intensidad.
Al caminar por el paseo marítimo, me encontré con el Burj Khalifa a lo lejos, destacándose entre los demás edificios. Me sentí pequeño, y no solo por la altura del rascacielo, sino también por lo vibrante y multicultural de la ciudad. Decidí acercarme para tomar unas fotos, pero antes de que pudiera hacerlo, un perro callejero apareció de la nada. Me miró con curiosidad y, después de un momento de duda, comenzó a seguirme.
En un intento de ignorarlo, me dirigí hacia el Dubai Mall. La multitud era abrumadora. Pasillos repletos de tiendas de lujo que uno normalmente ve en revistas. Pero cada vez que me detenía a observar algo, sentía que el perro me miraba expectante, como si esperara que le prestara atención. No sé por qué, pero el hecho de que me estuviera siguiendo me hacía sentir un poco menos solo en medio de tanta gente.
Mientras recorría el centro comercial, decidí darle un poco de comida que había comprado en un puesto cercano. Le ofrecí un trozo de pollo y vi cómo se lo devoraba con avidez. Fue un momento simple, pero al verlo disfrutar, me sentí un poco más conectado a este lugar. El ruido del agua del acuario gigante detrás de mí y el bullicio de la gente crearon una atmósfera doble: una mezcla de soledad y compañía inesperada.
A medida que avanzaba el día, el perro seguía a mi lado. A veces, me preguntaba si había tomado la decisión correcta al dejar que se uniera a mi aventura. Pero, no podría negar que su presencia me hacía sentir que tenía un cierto propósito aquí, aunque solo fuera cuidar de un perro callejero por un rato. Sin embargo, no podía evitar sentirme un poco incómodo. Aquí estaba, disfrutando de una ciudad increíble, y aún así, un perro me seguía a lo largo de cada paso.
Luego de un par de horas, decidí visitar el zoco. El aroma de incienso y especias era envolvente. La gente voceaba y negociaba precios en árabe, y yo me sentía como un espectador en una especie de danza cultural que aún no conocía del todo. El perro, por su parte, se acomodó a mis pies mientras comenzaba a explorar las distintas tiendas. No paraba de pensar en lo absurdo de la situación: un turista con un perro en un zoco de Dubai.
De repente, un vendedor se me acercó y, notando al perro, disparó preguntas en un inglés entrecortado. “¿Es tuyo?”, preguntó. “No… solo me acompaña”, respondí. En ese momento, tenía miedo de parecer un extraño por estar vagando por la ciudad con un perro que no era mío. El vendedor me miró con una mezcla de diversión y desconfianza, quizás estimando mi elección de compañía. Al final, logré salir del apuro comprando un pequeño recuerdo y me despedí rápidamente del vendedor.
A medida que el sol comenzaba a ponerse, el perro y yo encontramos un parque donde sentarnos. El contraste del ambiente urbano con el verde del parque me hizo sentir que había explorado un lado diferente de Dubai. Miré a mi alrededor, viendo a familias, a niños correteando, y fue un alivio. A veces, esos momentos sencillos pueden ser más significativos que cualquier monumento.
Ya al caer la noche, el perro se acomodó a mi lado mientras contemplaba los rascacielos iluminados. Me di cuenta de que había cruzado más que solo la distancia entre ciudades. Había hecho un descubrimiento sobre cómo a veces, las decisiones más sencillas pueden llevar a experiencias memorables. Cuando finalmente me levanté para marchar, el perro me siguió un poco más, como si tuviera alguna misión que cumplir. Quizás se estaba asegurando de que no me sintiera solo en esta vasta ciudad llena de desconocidos.
Imprescindible en Dubai, United Arab Emirates
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