Este fin de semana decidí dejar atrás Ad Dammam y aventurarme a Dubai. Había estado viendo fotos de sus rascacielos brillantes, las luces de la ciudad y los mercados llenos de vida. Había un aire de emoción en la idea de ver con mis propios ojos el Burj Khalifa, la torre más alta del mundo, así que tomé mi cámara y partí.
Al llegar, el contraste con Ad Dammam era inmediato. El calor era abrumador, pero lo que realmente me sorprendió fueron los sonidos: el bullicio constante de la gente, el tintineo de las monedas y el murmullo del comercio. Caminé por la Avenida Sheikh Zayed, admirando las fachadas de cristal que reflejaban el sol. Las sombras de los edificios me ofrecían un respiro, así que decidí detenerme en una terraza donde servían un café árabe. El barista, con una sonrisa amable, me ofreció un pequeño vaso de agua antes de preparar mi bebida. Los aromas del café mezclados con el incienso que salía de una tienda cercana crearon una atmósfera envolvente.
Sin embargo, mi momento de tranquilidad pronto se transformó cuando, en medio de la torre de Babel que es la calle, me di cuenta de que había olvidado los nombres de las calles que planeaba visitar. Miré mi mapa digital y el símbolo de error me hizo sentir un escalofrío. Tenía un par de horas para visitar el zoco de oro y volver a la estación de metro antes de que cayera la noche. Sentí que me estaban arrastrando los recuerdos de los últimos contratiempos que había tenido en mis viajes. Esta vez, sin embargo, no podía permitirme perderme, así que decidí seguir mi instinto.
Comencé a caminar hacia donde creía que estaba el zoco. Pasé por delante de tiendas de lujo que exhibían relojes y joyas relucientes como si el tiempo se detuviera allí. Pero, mientras más avanzaba, más se confundían mis direcciones. Pregunté a un par de transeúntes, pero su inglés era escaso y mi árabe inexistente. La inquietud comenzó a acumularse en mi pecho; cada vez que miraba la hora, me sentía más estresado.
Finalmente, encontré una pequeña cafetería y decidí entrar. Pedí un té para calmarme mientras que, al observar el local, noté un sitio que vendía perfumes tradicionales. La mujer detrás del mostrador parecía conocer muy bien su arte, y tras presentarle mis dudas sobre cómo llegar al zoco, se ofreció a dibujarme un mapa en una servilleta. "Es fácil, solo sigue esta calle y gira a la derecha", me dijo con confianza. Acepté su ayuda y, con una taza aún caliente en mano, partí en dirección a la calle que me había señalado.
Cuando finalmente llegué al zoco de oro, fue como si hubiera entrado en un mundo diferente. Las vitrinas brillaban con joyas que parecían capturar la luz justo de la manera perfecta. Miré a mi alrededor, fascinado. A pesar de no tener intención de comprar nada, tenía que reconocer que el espectáculo valía la pena. Me acerqué a un vendedor que estaba dispuesto a mostrarme algunos anillos, y aunque admiraba el destello de cada pieza, sabía que no podía dejar que ese momento me atrapara en otra conversación interminable. No quería que el tiempo se me escapara otra vez.
Mientras salía del mercado, con una bolsa de pequeñas artesanías pero sin joyas, respiré profundamente. La mezcla de aromas del zoco era intensa y me sentí, quizás, un poco más tranquilo. A pesar de haber enfrentado momentos de nerviosismo y de incertidumbre en el camino, había logrado encontrar un espacio donde la cultura vibrante de Dubai titilaba a mi alrededor. Tomé el metro de regreso con una sensación de alivio, sabiendo que había aprendido más sobre la ciudad, incluso si mis planes iniciales se habían desvanecido en el aire caliente del desierto.
Imprescindible en Dubai, United Arab Emirates
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