Nueva Delhi me ha golpeado en cuanto he salido del área de recogida de equipajes y he pisado la calle. No el calor, aunque el calor también. Lo primero ha sido el olor: humo de escape mezclado con algo frito y algo dulce que no he conseguido identificar, y encima de todo eso una humedad que no es bienvenida después de horas en el aire. Riyadh ha quedado atrás esta mañana con sus mármoles blancos y su silencio; aquí el volumen está puesto a tope desde el primer semáforo.

He llegado a Paharganj arrastrando la mochila por Main Bazar Road con la correa izquierda pegada con cinta de carrocero desde hace tres días, lo cual funciona más o menos siempre que no haga movimientos bruscos. La calle no facilita eso: puestos que se adentran en la acera, e-rickshaws que pitan aunque no haya espacio para adelantar, un perro tumbado justo en el centro del paso que no se mueve por nada. He tenido que esquivar los tres en el mismo tramo de cincuenta metros.

El guesthouse tenía la habitación, lo cual ya es más de lo que esperaba dado cómo ha ido la semana. El hombre de recepción, un tipo con un bolígrafo sin capuchón metido detrás de la oreja, me ha dicho que el depósito eran quinientas rupias, que no estaban en ningún sitio del precio que había visto antes. Le he pedido que me lo mostrara escrito. Ha rebuscado en un cajón durante un buen rato, ha sacado una hoja plastificada con la tarifa del cuarto y al final ha dejado caer que el depósito «es la política del hotel». He pagado. No porque me haya convencido sino porque llevaba cinco horas en tránsito y no me quedaban ganas de negociar en ese momento, y las quinientas rupias son lo suficientemente pequeñas para no ser una batalla, pero lo suficientemente claras para no olvidarlas. He apuntado la cantidad en el cuaderno. Cuando salga quiero ese papel.

La cena ha sido en la planta baja del mismo sitio, en una especie de comedor con tres mesas y una ventanilla al fondo. Dal y arroz, lo más sencillo del menú. El plato ha llegado en un bol de acero con una cuchara de mango azul descolorido, y encima del dal había un círculo de aceite que brillaba un poco más de lo estrictamente necesario. Estaba bien. No estaba bien de manera memorable, estaba bien de manera funcional, que es lo que necesitaba. Cuando he mirado la cuenta me han cobrado treinta rupias más de lo que marcaba la pizarra escrita a mano en la pared. El camarero, que también era el cocinero y probablemente el dueño, me ha explicado con toda la calma del mundo que el precio de la pizarra «es de antes». Le he señalado la pizarra. Él ha asentido como si eso no cambiara nada. He pagado lo de la pizarra y he dejado la diferencia sobre la mesa sin decir nada más, y él tampoco ha dicho nada, lo cual supongo que es una forma de acuerdo.

Ayer y anteayer ya tuve dos golpes de ese tipo, más grandes, en Riyadh; antes, hace tres días, otro contratiempo que me costó tiempo y dinero en proporciones parecidas. La pauta es lo suficientemente constante para que haya dejado de sorprenderme y haya empezado a irritarme de otra manera, más fría. No como algo que me pasa sino como algo que tengo que calcular.

He subido a la habitación con el cuaderno abierto en la mano. La mochila está en el suelo con la correa despegándose por la esquina del parche. El ventilador del techo da dos vueltas lentas y una rápida, en ese orden, siempre.

Imprescindible en Nueva Delhi, India

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