La correa izquierda de la mochila cedió del todo anteayer, justo cuando salía con todo el peso encima, y desde entonces cargo el bulto con la mano derecha como si fuera una maleta barata o como si me hubiera rendido antes de buscar una solución. No es que me haya rendido. Es que no sabía qué solución había disponible cuando tienes el bolsillo completamente vacío y la ciudad no te debe nada.

Halifax un jueves de julio tiene algo vagamente resignado, lo cual encaja bastante bien con mi estado de ánimo. Me metí en un bar en Barrington, uno de esos sitios que no intentan parecer nada que no son: bancos de madera con el barniz gastado en los sitios donde la gente apoya los codos, tres pantallas encendidas con deportes que nadie mira, un olor a fritanga antigua que ya es parte de la estructura del edificio. El tipo detrás de la barra no levantó los ojos cuando entré. Me pareció bien. No tenía ganas de ser saludado.

Pedí agua. No porque sea virtuoso sino porque ya explicité la situación: cero. Me senté con la mochila desfondada apoyada en el respaldo del banco y la estuve mirando un rato. La correa cuelga de un solo punto de anclaje, el cosido del panel lateral está separado cuatro o cinco centímetros y hay una especie de varilla de plástico interna que asoma. No es dramático. Es molesto de forma constante, que es peor.

Lo que decidí, ahí en ese banco con el agua sin gas y las pantallas parpadeando, fue no esperar a tener dinero para arreglarlo. Eso podría ser semanas. La solución que tenía disponible era un cordón de zapato de repuesto que llevo desde hace tanto tiempo que ya no recuerdo de qué zapato era, y un encendedor. Saqué el cordón, lo pasé dos veces por el anclaje roto cruzándolo en X, hice un nudo de tensión que aprendí de alguien que ya no recuerdo, y chamuscé los extremos con el encendedor para que no se deshilacharan. El tipo de la barra me miró exactamente un segundo y volvió a sus cosas. Correcto.

No es una reparación. Es una medida provisional que probablemente dure entre tres días y tres semanas dependiendo del peso y de cuántas veces baje escaleras de golpe. Pero aguanta. Cargué la mochila, di dos pasos hacia la puerta, la correa sostuvo. Con eso es suficiente por ahora.

Salí a Barrington con la tarde encima y caminé sin destino concreto hasta que llegué al tramo que da hacia el puerto, donde el viento huele a sal y a algo metálico que nunca he identificado bien, quizás los barcos, quizás las cadenas de los muelles, quizás nada de eso y simplemente es Halifax siendo Halifax. Hay una librería de segunda mano en esa zona con los libros apilados sin orden aparente en cajas delante de la puerta. Me detuve porque los libros baratos son uno de los pocos gastos que mi cerebro racionaliza incluso en situaciones objetivamente irracionales. No compré nada. Miré. Una señora estaba reorganizando las cajas con una eficiencia que sugería que llevaba décadas haciéndolo y que nadie le había agradecido nunca el esfuerzo.

El cuaderno sigue sin aparecer. No desde hace nueve días. Ya pasé por la fase de creer que aparecería solo, como los objetos que caen detrás de los radiadores y reaparecen meses después. No va a aparecer. Hay cosas escritas ahí que no estaban en ningún otro sitio y eso produce una especie de incomodidad específica que no se parece exactamente a la pérdida ni exactamente al olvido.

La correa de cordón de zapato aguanta. Eso es lo que hay esta tarde.

Imprescindible en Halifax, Canadá

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