¿Cuántas cosas pueden salir mal en un mismo día antes de que empiece a parecer una conspiración? Lo pregunto porque el vuelo matutino desde Halifax aterrizó en St. John's con cuarenta minutos de retraso, la mochila me estaba cortando el hombro izquierdo de una forma que ya no puedo ignorar, y encima perdí el cuaderno de notas en algún punto entre Duckworth Street y el puerto, y no sé exactamente cuándo.
El cuaderno no es un objeto sentimental, que conste. Es un Leuco negro de tapa dura donde anoto cosas que no quiero teclear: precios, nombres de sitios, direcciones que alguien me da de voz, un par de bocetos de planos cuando me pierdo. Llevaba semanas con él. Lo comprobé al mediodía cuando quise apuntar el nombre de un restaurante que había visto en Harbour Drive, metí la mano en el bolsillo lateral de la mochila y no había nada. Volví sobre mis pasos hasta el banco de piedra donde me había sentado a revisar el correa del hombro, que lleva días prometiendo romperse del todo: cuatro o cinco hilos que chirrían cuando tiro de ellos con la mano, y que ese día ya se habían estirado hasta una geometría que no invita al optimismo. No encontré el cuaderno. Lo busqué en la segunda tienda de segunda mano en Duckworth, donde había estado mirando un impermeable sin comprarlo. Tampoco.
Comí en un pub de Harbour Drive, uno de esos locales con la madera oscurecida por el humo y las mesas tan pequeñas que los vasos no tienen sitio para estar sin tocar algo. Pedí fish and chips porque era lo más barato y porque a esa hora del día ya no tenía ganas de leer la carta con detenimiento. El pescado estaba bien, crujiente por fuera y húmedo por dentro, aunque la salsa tártara venía en un vasito de plástico que me pareció innecesariamente miserable para un sitio que se toma en serio la madera oscura y la decoración marinera. Dos hombres en la barra debatían sobre si el tiempo iba a mejorar antes del viernes; uno decía que sí con una convicción que no tenía respaldo visible, el otro lo escuchaba con la cara de quien ya ha escuchado ese argumento demasiadas veces. No me pareció una conversación interesante, pero tampoco tenía nada mejor en lo que pensar mientras esperaba que la comida se enfriara.
El hombro izquierdo me empezó a molestar de verdad en la subida de vuelta desde el puerto hacia Duckworth, que es más empinada de lo que parece desde abajo. La correa tira hacia afuera con cada paso cuesta arriba, y hay un momento concreto en que el ángulo hace que los hilos que quedan suenen, literalmente suenen, como algo a punto de ceder. Lo llevo oyendo desde ayer, pero hoy fue más claro. Me paré a mitad de la cuesta, me quité la mochila, la puse en el suelo y la miré. No tengo nada con qué repararlo aquí, y no tengo tampoco el cuaderno donde habría apuntado dónde buscar algo para repararlo.
Hay algo irritante en perder un objeto de trabajo en una ciudad a la que has venido sin mucho plan y de la que te vas el mismo día. No es tragedia, es molestia acumulada sobre molestia previa, como ayer cuando todo el sistema se cayó y tuve que rehacerlo todo de memoria. El cuaderno está en alguna parte de St. John's o no está en ninguna parte, y yo mañana ya no estaré aquí para comprobarlo.
La mochila sigue en el suelo mientras escribo esto.
Imprescindible en St. John's, Canadá
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