La correa izquierda se rompió del todo ayer por la mañana, así que llevo la mochila agarrada con la mano derecha como si fuera un maletín de ejecutivo arruinado. El clip de plástico cedió en el peor sitio posible: en medio de la cuesta que sube desde el puerto hacia Spring Garden Road, con el peso de la ropa húmeda dentro y el sol de julio dando de lleno en la nuca. No es cómodo. Tampoco es dramático. Simplemente fastidia.

Me quedé en el hostal esta mañana más tiempo del que tenía previsto porque llegó una notificación de que algo que esperaba hoy se retrasaba de nuevo. Hace tres días ya hubo un problema parecido con un sistema que tendría que haber funcionado sin intervención mía, y esta semana se repite. No voy a fingir que me sorprende. La suma de contratiempos desde hace un mes largo ha ido dejando una especie de cansancio logístico que no desaparece con dormir bien, que es diferente al cansancio físico y bastante más difícil de ignorar.

El caso es que me senté en la sala común con la mochila en el suelo y estuve mirando el cierre roto durante un buen rato. Alguien del hostal había dejado una cinta adhesiva de embalaje sobre la mesa, de esa naranja, anchísima, y la usé para intentar sujetar el strap al cuerpo de la mochila con dos vueltas bien apretadas. No funciona bien. Funciona lo suficiente para no ir doblado por la calle, que es todo lo que pedía.

Salí a mediodía hacia el paseo del puerto, no porque tuviera un plan concreto sino porque la habitación ya me resultaba pequeña. El agua del puerto estaba gris verdosa, esa tonalidad que tienen los puertos del Atlántico cuando no hay sol directo y el cielo está cubierto sin llegar a amenazar lluvia. Vi el ferri que cruza a Dartmouth salir del muelle con cuatro personas dentro. Pensé en subir, pensé que no tenía ningún motivo concreto para cruzar y que si lo hacía era solo para estar en movimiento, y eso me pareció una mala razón. Me quedé en el lado de Halifax.

Aquí hay una cafetería cerca del mercado público donde el café sale bueno pero la espuma del latte tenía dibujada una hoja que era claramente una hoja de helecho si te esforzabas en verlo así, aunque también podía ser perfectamente un espermatozoide, y el chico que lo preparó lo puso en la mesa sin mirarse el trabajo ni un segundo, completamente indiferente al resultado estético. Me pareció honesto. Pedí uno solo sin espuma porque ya había tomado suficiente cafeína, pero el bueno era el otro, lo vi antes de que alguien lo reclamara en la barra.

El problema con los días así es que el cuaderno en el que habría anotado todo esto desapareció hace dos días en el tránsito entre paradas y ahora estoy escribiendo en el reverso de un mapa en papel que encontré en la entrada del hostal, que es gratis y que nadie coge porque todo el mundo usa el teléfono. La tinta del bolígrafo corre un poco en ese tipo de papel satinado. Las letras quedan anchas y feas. Funciona.

El retraso de hoy no tiene consecuencias mayores en la práctica porque hoy tampoco tenía que llegar a ningún sitio. Eso es lo más extraño: acumular contratiempos en días en que uno ya estaba quieto. El resultado neto es cero, pero la irritación es real de todas formas. La mochila sigue en el suelo, con la cinta naranja visible desde tres metros, y todavía no sé si encontraré algo con qué arreglar la correa o si voy a llevarla así durante los próximos días. Por ahora la respuesta es: así.

Imprescindible en Halifax, Canadá

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