La correa de la mochila lleva tres días aguantando con dos vueltas de cinta americana que encontré en el fondo de un bolsillo lateral, y esta mañana, al doblar por la Plaça de Llorenç Villalonga con el peso mal distribuido hacia la derecha, la cinta empezó a despegarse por un extremo. No se rompió del todo. Solo amenazó. Eso es peor, porque significa que sigo cargando con ella sin saber cuándo va a decidir rendirse de verdad, y no tengo forma de resolver el problema más allá de volver a enrollar la cinta, apretar, y esperar.
Había ido hasta allí por una razón concreta: el mercado de artesanía que según un cartel pegado en la pared de un bar lleva los miércoles instalado en esa plaza desde las nueve de la mañana. Eran las diez y cuarto y no había nada. Ni parada, ni vendedor, ni siquiera un camión descargando. Un señor mayor barriendo la acera me miró cuando me quedé parado frente al espacio vacío, y no dije nada porque no había nada que decir. El cartel tenía fecha de agosto. El mercado, supuse, había terminado con agosto. Estas cosas pasan y yo las sigo ignorando hasta que me dan en la cara.
Con cero euros en el bolsillo, la ausencia del mercado no era un problema práctico, en realidad. No iba a comprar nada. Pero tenía pensado sentarme ahí a observar durante una hora, que es lo único que puedo permitirme hacer en este momento sin que cueste dinero: mirar. El problema es que una plaza vacía un miércoles por la mañana a finales de verano no tiene mucho que ofrecer. Los turistas empiezan a ralear, los locales no han salido todavía, y queda ese intervalo raro en que la ciudad parece un decorado sin actores.
Me fui caminando sin rumbo fijo, que es otra forma de decir que fui hacia el centro y luego me volví porque el centro de Palma en septiembre todavía huele a crema solar y tiene demasiados establecimientos donde no puedes entrar sin gastar algo. Acabé cerca del mercado del Olivar, no dentro, porque dentro hay que tomar decisiones frente a puestos de comida con dinero que no existe. Me senté en un escalón exterior y estuve un rato mirando la gente que salía con bolsas. Una mujer llevaba un racimo de uvas que asomaba por la parte de arriba de la bolsa de tela. Un hombre con delantal y zueco de plástico azul estaba fumando apoyado en la columna de la entrada, mirando el móvil con la expresión de alguien que no está leyendo nada sino esperando que pase el tiempo.
La mochila la dejé en el suelo con cuidado, apoyada contra la pared, porque llevarla colgada más de veinte minutos hace que la cinta ceda otro milímetro. Eso es lo que he aprendido estos días: a negociar con los objetos rotos en lugar de arreglarlos. No sé si eso dice algo de mí o solo dice que la cinta americana cuesta dinero.
Por la tarde fui hasta el extremo norte de la ciudad vieja, donde los edificios bajan de categoría y suben de honestidad. Hay un taller de motos con las puertas abiertas de par en par donde siempre hay alguien haciendo algo con las manos, y una tienda de material de papelería que tiene un letrero escrito a mano que dice «cerrado por inventario» pero adentro hay luz encendida. No entré. La correa siguió aguantando. El sol de las cuatro de la tarde en Palma todavía pega con la convicción de alguien que no ha leído el calendario.
Me quedé mirando las colinas al fondo, los contrafuertes de la Serra de Tramuntana visibles desde la calle sin necesidad de subir a ningún mirador, austeros y sin gracia turística, más marrones que verdes a estas alturas del año. La cinta americana brilló un momento con el sol. Seguía ahí.
Imprescindible en Palma de Mallorca, España
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