El lunes la correa aguantó con cinta americana que encontré tirada en el suelo del baño del hostel, pegada a los azulejos con ese rictus que tiene la cinta cuando lleva semanas ahí y nadie la recoge. La despegué, la limpié con la manga, y pensé que me duraría hasta Porto o hasta donde fuera que tuviese que llegar después. Eso fue hace tres días. Esta mañana la cinta cedió otra vez, y no de la manera limpia en que cede una cosa que simplemente se rompe, sino lentamente, con ese ruido de adhesivo que se estira y renuncia, mientras yo intentaba colgarme la mochila al hombro antes de salir.

No salí.

Me quedé sentado en la mesa grande del common room con la mochila delante, el tubo de cachimba apoyado contra la pared sin que nadie lo hubiera pedido esta mañana, la luz entrando desde el patio interior con ese color de septiembre que tiene más polvo que claridad. La correa izquierda: el nudo que hice en algún momento de agosto aguantó, pero el punto de anclaje donde la correa se une al cuerpo de la mochila empezó a abrirse en la costura lateral, un centímetro, quizá dos, suficiente para que la mochila cargada cuelgue torcida y lo que antes era molesto ahora sea una pregunta sin respuesta sobre cuándo se va a partir del todo.

Busqué aguja e hilo. No tenía. Pregunté en recepción, me dijeron que quizá en el cajón de abajo, y el cajón de abajo tenía un tapón de botella, tres llaves que no eran de nada, y un folleto del año pasado sobre rutas de senderismo por la Tramuntana. Nada de hilo. Hay una mercería, me dijeron, a cinco minutos por la zona del Eixample. Una mercería que funciona con dinero, que es exactamente lo que no tengo.

Eso es el muro. No es complicado de entender pero cansa tenerlo presente a cada rato: sin dinero no hay aguja, sin aguja no hay costura, sin costura la mochila sigue abriéndose, y mientras la mochila se abre yo sigo sentado en Palma no porque Palma me parezca especialmente digna de tres días sino porque moverse con una mochila rota es empeorar lo que ya está mal. La cinta americana de repuesto que en algún momento de hace siete días guardé en el bolsillo lateral: agotada. Usé los últimos trozos hace cinco días para reforzar el nudo, y los últimos centímetros de esos trozos los usé ayer para retrasar lo inevitable otra media jornada.

Esta tarde envolví la costura abierta con un calcetín fino atado dos veces y apretado con el cinturón de la mochila cruzado en diagonal. Funciona en el sentido en que técnicamente la tela no se separa más si no la cargo demasiado. No funciona en ningún otro sentido. Mi padre habría dicho algo sobre esto, algo seco del tipo «pues cómprala nueva», sin entender o sin querer entender que la escala del problema no es la mochila sino todo lo que hay antes de la mochila, y yo le habría dado la razón para no explicarlo, que es lo que siempre hacía.

Fumé un rato largo en la cachimba del salón, melaza de manzana que alguien había dejado a medias en el recipiente, aspé despacio mirando la mochila apoyada contra la pared con el calcetín asomando por un lado como una bandera de rendición bastante ridícula. La costura lateral sigue ahí. El centímetro de abertura no creció más esta tarde. Eso no significa que mañana tampoco crezca.

Imprescindible en Palma de Mallorca, España

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