«Esto no va a aguantar», pensé en voz alta, y el tipo de la mesa de al lado ni levantó la vista de su café con leche. Estaba sentado en el bordillo de la acera, delante de un bar de la Carrer de la Unió donde no podía permitirme ni el agua, ajustando la correa izquierda de la mochila con un nudo doble que no convence a nadie pero que, de momento, sujeta. La hebilla lleva rota desde ayer. Le di dos vueltas al tejido y lo até sobre sí mismo, que es la solución de alguien sin velcro, sin aguja y sin dinero para una ferretería.
Palma tiene esa característica de las ciudades viejas que no le hacen gracia a nadie con prisa: el suelo de la Ciutat Antiga es adoquín irregular, con juntas profundas donde se hunde el pie si no miras. Y yo caminaba mirando la mochila, no el suelo, comprobando que el nudo aguantaba. No aguantó del todo. A mitad del Carrer dels Apuntadors el peso se desplazó hacia la izquierda y tuve que parar debajo de una sábana tendida entre dos balcones para reajustar otra vez.
Me habían dicho que el mercado de Santa Catalina abría temprano. Me planté allí a las nueve y cuarto con la idea vaga de que en los mercados siempre hay alguien que te da algo: una aceituna, un trozo de queso, el descuido de un puesto. Pero la mitad de los puestos estaban cerrados todavía, con las persianas metálicas bajadas, y el único vendedor operativo tenía un cartel de precios que empezaba en cuatro euros el cuarto de kilo. Me quedé parado en la entrada el tiempo suficiente para que resultara incómodo y luego salí sin haber tocado nada. Primera fricción del día, resuelta en favor de la ciudad.
Lo que sí funciona gratis en Palma es caminar. La Seu desde fuera no me produce la reacción que se supone que tiene que producir, nunca me la ha producido en ninguna catedral gótica, pero el espacio que hay entre la catedral y el mar tiene una anchura que no esperaba. No es el mar de postal: es un trozo de Mediterráneo gris verdoso a las diez de la mañana, con dos barcos de carga en el horizonte que no van a ningún sitio visible. Me senté en el muro un rato. El banco de piedra estaba húmedo por el rocío y eso no es agradable pero tampoco es un problema cuando no tienes otro plan.
Soy de ningún sitio de manera bastante oficial. Holanda por los papeles, Cataluña por el acento, España por la costumbre. Y sin embargo en Palma me siento más fuera de lugar que en otras ciudades del Mediterráneo, que no sé si dice algo de Palma o de mí. Hay algo en el turismo residual de principios de septiembre, esa mezcla de veraneantes tardíos y locales recuperando el espacio, que me pone en una categoría sin nombre. No soy ni lo uno ni lo otro. Camino con una mochila con un nudo por hebilla y cero euros en la cuenta, que tampoco es exactamente turismo.
A mediodía entré en un bar gótico con las patas de las sillas clavadas en el suelo de piedra, pedí que si podían llenarme la botella de agua, y la chica que llevaba el mandil dijo que sí sin preguntar nada. Eso fue el momento más sencillo del día, y también el mejor. El agua tenía un gusto ligero a cloro que no me importó.
La correa izquierda sigue en su nudo. Esta tarde voy a buscar una aguja en algún sitio.
Imprescindible en Palma de Mallorca, España
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