La correa de la mochila lleva anteayer con un remiendo de cinta adhesiva gris que se va despegando por los bordes. La apliqué deprisa, con la idea de buscar una solución de verdad al día siguiente, y aquí estoy, al día siguiente del día siguiente, con la misma cinta y los mismos bordes levantados. Hay algo que resume perfectamente cómo van las cosas en esta ciudad costera.
Anteayer dejé algo pendiente en el bar de la calle del puerto, una conversación a medias con un tipo que trabaja en los muelles y que sabía dónde encontrar trabajo de carga por días. Me dio un nombre y un horario: «Pregunta por Dennis, llega antes de las ocho». Lo apunté en el móvil. Esta mañana estaba delante del portal del sistema justo a las siete cincuenta, intentando confirmar el acceso a la cola de trabajo temporal, y el portal no cargó. No de la manera dramática en que a veces fallan los sistemas, sino de la peor manera posible: cargó una pantalla en blanco con un indicador girando, y siguió girando, y yo seguí mirándolo, y el reloj siguió corriendo.
A las ocho y cuarto lo cerré.
Fui al muelle igualmente, porque Dennis seguía siendo un nombre real aunque el portal no funcionara. Había dos hombres organizando cajas de material cerca de un barco de suministros pequeño, y ninguno de los dos era Dennis, y ninguno de los dos había oído ese nombre esa mañana. Uno me miró como si le estuviera preguntando por el yeti. El otro directamente no contestó. Me quedé ahí unos segundos más de los recomendables, esa cantidad de tiempo que ya ha cruzado la línea de lo incómodo, y luego me alejé hacia el paseo.
El paseo tiene ese violín gigante de acero que lleva semanas en mi campo visual y que no mejora con la costumbre. No es que sea horrible, es que es el tipo de monumento que no ayuda a pensar: demasiado literal, demasiado orgulloso de sí mismo, como si la ciudad necesitara recordarse constantemente de dónde viene. A su lado hay un banco donde me senté con el móvil muerto de la vergüenza y el bolsillo vacío de todo lo que debería haberlo llenado esta semana.
La cinta de la mochila se despegó del todo por el lado derecho mientras cruzaba hacia la zona más resguardada del paseo. La enrollé y la guardé en el bolsillo delantero. Ahora la correa cuelga libre y la mochila choca contra la cadera a cada paso. No es insoportable. Es molesto de esa manera que va sumando.
Lo que sí funcionó esta mañana, inesperadamente, fue un cartel en la puerta lateral de un almacén junto al agua: se busca ayuda para inventario el sábado por la tarde, presentarse en persona. Sin formulario, sin portal, sin Dennis. Volví sobre mis pasos, entré, y hablé con una mujer que llevaba una tableta sujeta con una goma gruesa alrededor y no levantó la vista cuando le pregunté. Dijo un horario con la misma entonación con que uno dice la hora en una parada de autobús, y yo dije que sí, y ella apuntó algo, y eso fue todo el proceso de contratación.
No sé si aparecerá en el sistema. No sé si el sistema estará funcionando para entonces. Me presento a las dos de la tarde con la mochila colgando de un solo hombro y ya veremos si el nombre que apuntó existe en alguna base de datos o si es otra pantalla en blanco girando.
Imprescindible en Sydney, Canadá
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