Sydney, Nova Scotia, primer día. Al aterrizar dejé atrás Gander y un asunto sin cerrar del sábado que todavía me da vueltas: una persona, un intercambio que quedó a medias, algo que prometí revisar y que sigo sin resolver porque sin cobertura estable es difícil hacer nada. Lo apunté como pendiente. Sigue ahí.

Lo primero que noté al bajar fue el frío de agosto, que aquí no avisa. Ocho grados y viento del Atlántico. La mochila pesa más de lo que debería porque la correa izquierda sigue rota desde hace días y todo el peso cae sobre el hombro derecho, que ya está harto.

La ciudad estaba completamente saturada. Natal Day, el feriado regional que convierte el Esplanade en una especie de feria escocesa-canadiense con kilts de poliéster y versiones acústicas de canciones que nadie recordaba que existían. El Big Fiddle de acero inoxidable presidía la calle como siempre, enorme e impasible, rodeado de puestos de crepes y banderas de Cape Breton que nadie de aquí compra. Los turistas hacían fila para la foto. Yo pasé de largo.

El problema real llegó cuando intenté pagar un café en una panadería de Charlotte Street: la terminal leyó la tarjeta, tardó cuarenta segundos, y después escupió un error que no supe descifrar. La cajera, una mujer de unos cincuenta años con un delantal manchado de harina que no intentó disimular, lo intentó dos veces más antes de encogerse de hombros y decir «it's the network, happens on holidays». No había efectivo. El café no pasó. Me quedé con la mochila rota y sin cafeína frente al escaparate de una tienda que vendía tapices del clan Macleod a ochenta dólares la pieza.

Así que me alejé del corredor turístico. Fui hacia el Esplanade pero por el margen, por donde la multitud se diluye y empiezan los locales que no cambian el menú ni cuelgan guirnaldas para el feriado. El Governor's Pub en el 233 del Esplanade tenía la puerta abierta y olor a cerveza tibia y a algo frito que no identifiqué. Dentro, tres personas en la barra y un televisor con rugby. Ningún kilt a la vista, lo cual fue un alivio inmediato.

Me siento tecnólogo, o lo fui, y hay algo en los lugares así, en los bares que no tienen Instagram ni hashtag en la servilleta, que me recuerda por qué empecé a moverme. No la aventura, no las fotos: la cocina real, la comida sin cuento alrededor, la conversación sin decorado. Mi padre cocinaba en un bar exactamente así en Zaragoza, uno donde la gente iba a comer de verdad y no a documentarlo, y me viene eso a la cabeza cuando entro en sitios como este.

Le pregunté al encargado, un tipo con barba de varios días y una camiseta de los Mooseheads que claramente había sobrevivido muchos lavados, si necesitaban a alguien para la tarde. No para fregar: expliqué que sé cocinar, que entiendo de cocina informal, que puedo hacer lo que haga falta. Me miró durante un momento más largo de lo cómodo. Después dijo que el cocinero había llamado para decir que no venía, que el feriado le había caído encima de un cumpleaños o algo así, y que si sabía hacer fish and chips decente tenía cuatro horas de trabajo.

Dejé la mochila rota detrás de la barra.

Imprescindible en Sydney, Canadá

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