Llego a Palma y lo primero que veo al bajar del avión, antes incluso de salir a la luz de agosto, es mi mochila dando vueltas sola en la cinta, con la correa izquierda colgando de una manera que no me gusta nada. La puse boca abajo, como siempre, y el peso del viaje hizo lo que yo sabía que iba a pasar antes o después: de tres puntadas han pasado a dos. Solo quedan dos. No es el mejor modo de empezar en una ciudad nueva, con la sensación de que algo que llevas contigo se deshace en etapas pequeñas e inexorables.

Palma en lunes a finales de agosto tiene una energía rara, mezcla de turismo de resaca y ciudad que empieza a recuperar el pulso de la gente que vive aquí de verdad. La Plaça d'Espanya estaba llena de maletas y de gente mirando los paneles del tren con esa concentración de quien tiene treinta segundos para decidir si corre o no. Yo no corrí a ningún sitio porque no tenía a dónde correr con urgencia, lo cual tiene sus ventajas y también sus inconvenientes evidentes cuando uno lleva agosto acumulando golpes uno detrás de otro: hace cuatro días, otro contratiempo de esos que no se pueden prevenir del todo, y antes de eso más de lo mismo hasta que pierdo la cuenta o, más bien, no la pierdo porque está ahí, muy clara, aunque preferiría no tenerla tan presente.

Caminé por el Carrer de la Unió sin ningún plan concreto, que es la forma más honesta de describir lo que hice. La calle a esa hora, poco después del mediodía, olía a fruta madura y a algo frito que venía de un sitio que no logré identificar porque cuando llegué al portal del que salía el olor ya no había nada, solo una señora con un carrito de la compra y cara de pocos amigos. El barrio gótico de Palma no es el de Barcelona, eso hay que dejarlo claro; es más compacto, más silencioso en los laterales, con piedra de color miel y persianas cerradas a mediodía que le dan un aspecto de ciudad que se toma en serio la siesta. No me disgusta. Es más legible que otras ciudades donde llevas veinte minutos caminando y sigues sin entender dónde está el centro.

El problema del día, el concreto y sin metáforas, fue el siguiente: al sacar el teléfono para confirmar dónde estaba el alojamiento, vi que el adaptador de corriente que llevo desde hace meses no estaba en el bolsillo exterior donde siempre va. Lo busqué en los otros bolsillos. No estaba. Revisé el interior de la mochila, con cuidado porque la correa aguanta mal la tensión lateral. No estaba. Se quedó en algún sitio del vuelo anterior, probablemente en el bolsillo del asiento, y no hay manera de recuperarlo. Un adaptador con tres clavijas distintas que me había costado lo suyo y que ahora no existe para mí. Sin adaptador, esta noche el teléfono llega hasta donde llegue la batería que trae, que es un setenta y dos por ciento, suficiente para el día pero no para mañana por la mañana a menos que encuentre algo.

Lo de Georgia o los Balcanes me viene a la cabeza de vez en cuando cuando llevo mucho tiempo en islas o en ciudades con demasiado turismo por metro cuadrado, que es lo que le pasa a Palma ahora mismo aunque en el Carrer de Costa i Llobera hay momentos en que eso se diluye un poco. Allí la gente camina sin el mapa en la mano, que es una señal bastante fiable.

La mochila ahora está apoyada contra la pared del alojamiento. La correa izquierda, dos puntadas. La toco y no cede, pero tampoco da confianza. Mañana hay que hacer algo con eso o encontrar dónde cargar el teléfono primero, según lo que salga antes.

Imprescindible en Palma de Mallorca, España

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