¿Qué hace uno cuando llega a una ciudad con los bolsillos vacíos y una pieza de bronce de dudosa procedencia en la mochila?
Eso es exactamente lo que me preguntaba esta mañana, de pie en la Corniche al-Nil, mirando el río como si él fuera a contestarme. Llegué a Luxor tras el vuelo más silencioso que he tomado en semanas, sin nada que perder porque ya lo he ido perdiendo todo de forma gradual y luego de golpe, dos veces hoy mismo antes de subir a ese avión. No voy a dramatizar los detalles: hubo dos pagos que no debería haber tenido que hacer, y el día había empezado además con una avería en el sistema de reservas que me costó otra hora y otro veinte euros que ya no tengo. Saldo: cero. La mochila, en cambio, sigue aquí, la correa izquierda sostenida por una tira de cinta americana que lleva dos semanas prometiendo ceder.
La figurita la llevo en el bolsillo lateral, envuelta en un calcetín. La compré hoy en el Khan el-Khalili, antes de salir de El Cairo, por casi nada, y un anticuario me paró en la calle inmediatamente después para decirme, con esa convicción que usan los que venden cosas, que era una pieza ptolemaica auténtica. No me lo creo. O no del todo. El problema es que tampoco puedo descartarlo, y esa incertidumbre pesa más de lo que debería mientras camino por la Corniche.
El paseo tiene ese aspecto de cosa a medio terminar que tienen los lugares donde la gente realmente vive. El pavimento tiene grietas rellenas de cemento más oscuro, como parches de costura. Un cartel que anuncia cruceros por el Nilo tiene tres letras torcidas y la esquina inferior derecha desprendida, y nadie lo ha arreglado porque nadie lo va a arreglar. Hay puestos de zumo de caña, uno de ellos con una máquina que hace un ruido metálico regular, como un latido mecánico. Un chico de no más de doce años pasa en bicicleta con cuatro barras de pan en equilibrio sobre la horquilla delantera sin sujetarlas con las manos. No se cae ninguna.
Me senté en un muro bajo mirando al Nilo, que desde aquí es marrón y ancho y completamente indiferente a todo lo que pasa en la orilla. Una señora mayor me ofreció algo que parecía torta de sésamo envuelta en papel de periódico. Se lo compré porque tenía hambre y porque el olor era bueno, y me di cuenta después de que acababa de gastar los últimos centavos sueltos que tenía. No fue una decisión consciente. Fue hambre.
Y aquí es donde el día empeora de forma concreta: al levantarme, la figurita no estaba en el bolsillo lateral. Un momento de pánico real, ese tipo que sube desde el estómago. La busqué en todos los demás bolsillos, en el fondo de la mochila donde se acumulan los recibos y las pilas sin carga. Nada. Entonces la encontré: había caído dentro de la mochila por una costura abierta que no había visto antes, y estaba ahí, entre un cargador y un libro que no he abierto en diez días. La saqué y la sostuve un momento. Cuatro centímetros de bronce oscuro, rasgos borrados por el tiempo o por la fabricación industrial, imposible saberlo sin tener algo con qué comparar.
Un vendedor de postales se acercó, miró la figurita con más interés del que esperaba, y dijo algo en árabe que no entendí. No me preguntó si la vendía. Tampoco me dijo que era falsa. Solo siguió caminando.
El Nilo seguía marrón. La correa de la mochila seguía aguantando.
Imprescindible en Lúxor, Egipto
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