La cinta del hombro derecho cedió justo cuando estaba en la cola, veinte personas delante de mí y la parrilla de Jamra todavía invisible entre el vapor y el ruido. No un despegue limpio, sino ese tipo de fallo progresivo: primero el tirón, luego la bolsa hundiéndose hacia la cadera, luego yo intentando reajustar la mochila con un movimiento discreto que no fue discreto en absoluto. La solución de hace día y medio ha durado exactamente día y medio.

Me quedé así, con la mochila apretada contra el cuerpo como si llevara algo que proteger, moviéndome con la fila. El sistema de espera en Al Rawabi no tiene lógica aparente: hay números, hay un monitor, pero el monitor lleva diez minutos congelado en el mismo turno y nadie parece considerarlo una emergencia. Un empleado con delantal gris pasó dos veces junto al panel sin mirarlo. La tercera vez que pasó lo miré a los ojos y él desvió la vista hacia el suelo, que es la respuesta universal para "el problema existe pero no soy yo quien lo va a resolver".

La opción era irme. Tenía el número en la mano, la tarde todavía larga, y otra dirección perfectamente posible. Pero llevaba dos días sin comer nada que me interesara de verdad, y yo soy alguien que toma decisiones gastronómicas con una seriedad que no aplico a casi ningún otro ámbito. Así que me quedé. No porque el sistema no funcionara, sino precisamente a pesar de eso.

Cuando por fin llegó el turno y pude ver la parrilla desde cerca, entendí que la espera tenía una lógica retrospectiva. La zona de brasas es larga, brillante, sin ninguna concesión decorativa: acero, calor directo, el humo subiendo en línea recta hacia la extracción. Los cortes llegan ya marcados, con esas rayas negras paralelas que son el único lujo estético que se permiten. Dos hombres trabajando sin hablar entre ellos, sincronizados por costumbre y no por instrucción. El de la derecha tenía una cicatriz pequeña en el dorso de la mano izquierda que aparecía y desaparecía cada vez que giraba la carne. No sé por qué me fijé en eso. Me fijé.

El precio está en una pizarra con números escritos a mano y hay que entenderlo bien antes de señalar, porque señalar sin entender es señalar dos veces. Lo entendí bien. Hice el cálculo rápido que llevo haciendo nueve días seguidos en esta ciudad, ese hábito de dividir sin querer, y pedí lo que quería sin cambiar nada por precio.

Ayer conocí a alguien en una de esas conversaciones que empiezan por proximidad y terminan antes de que puedas encuadrarlas. No sé exactamente qué fue. Una persona que sabía cosas de este barrio que yo no sabía, que me nombró un sitio con una precisión que no era turística sino de quien ha estado ahí varias veces, y que se fue antes de que yo pudiera anotar nada. Esta tarde, esperando en esa cola, pensé en lo que me dijo sobre el horario de cierre del local los martes. No me lo inventé. Estaba aquí, abierto, a las tres y cuarto.

Comí de pie durante los primeros minutos porque no había mesa libre, y cuando se liberó una no me senté de forma elegante sino con esa precisión urgente de quien lleva demasiado tiempo de pie con una mochila mal sujeta. La carne estaba bien hecha sin estar seca, que es el equilibrio difícil y frecuentemente mal resuelto. No diría que fue la mejor comida de mi vida. Diría que era exactamente lo que necesitaba y que hay días en que eso pesa más.

La cinta la voy a resolver mañana. O pasado. Ahora mismo la mochila está en el suelo, al lado de la silla, y no tengo ninguna prisa.

Imprescindible en Riad, Arabia Saudí

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