Hoy encontré un perro herido en una de las calles de Erbil. La imagen no se me va de la cabeza: yacía en el pavimento, sucio y tembloroso, mientras la gente pasaba sin mirarlo. Era medio día y el sol pegaba fuerte, el olor a aceite de cocina de un puesto cercano se mezclaba con el aire pesado del polvo. Aunque por lo general me gusta explorar los mercados y probar comida callejera, no pude ignorar el sufrimiento del animal.
Decidí tomar acción y me acerqué. Había una organización local justo a unas cuadras que se encargaba del bienestar animal, así que, con el perro en mis brazos —que ahora me miraba con ojos llenos de dolor—, me dirigí allí. Durante el camino, no me sentí nada cómodo. Pasé por unos grupos de jóvenes que me miraban con curiosidad, y sentí que el peso del perro solo aumentaba mi incomodidad. Ellos deben de haber pensado que era un loco, o quizás un turista perdido, cargando un animal herido en medio del bullicio.
Una vez llegué a la organización, como era de esperarse, me pidieron que rellenara unos formularios. Ahí fue cuando me sentí un poco perdido; el español sacara el turno en un lugar donde sólo se hablaba árabe e inglés fue un reto. La joven que me atendió, al ver mi confusión, sonrió y me ayudó. Se llamaba Rasha y su pasión por los animales era evidente. Mientras me explicaba lo que necesitaban, su voz era tranquila, y había un leve eco de otros perros ladrando en el fondo. Después de un momento de dudas, decidí quedarme a ayudar.
El resto del día transcurrió entre curaciones y paseos con otros perros. Era una experiencia totalmente alejada de mi rutinas de viajes. Me encontré limpiando y alimentando a un grupo de cachorros, que a su vez me llenaban de alegría con sus travesuras. Era interesante observar la dinámica de este refugio; los voluntarios iban y venían, algunos con una energía desenfrenada, otros más cansados pero comprometidos. Había un aire de camaradería que se sentía en cada esquina.
Sin embargo, eso no negaba el hecho de que la situación de los animales era crítica. Mientras trataba de cambiar el vendaje de un perro particularmente asustado que se retorcía, sentí una mezcla de impotencia y determinación brotar en mí. Me pregunté cómo podía ser que en una ciudad tan vibrante, hubiera tanto sufrimiento oculto. Al mismo tiempo, comprendí que mi día no sería simplemente una visita a Erbil, sino que había sido arrastrado hacia una realidad que necesitaba atención.
Al caer la tarde, tras varias horas ayudando, me ofrecieron un té. La rutina de tomar té en la cultura kurda se notó en ese momento; allí estábamos, rodeados de perros y de personas que, al igual que yo, estaban buscando hacer algo por el bienestar de los animales. Fue un respiro en medio de la actividad, y me senté en el suelo, sintiendo el frío del mármol contrastar con la calidez de la bebida. La conversación que se desarrollaba a mi alrededor se sentía íntima, como si todos compartieran ese rincón de la ciudad.
Cuando finalmente volví a la calle, ya había oscurecido y las luces de la ciudad brillaban como estrellas artificiales. Me di cuenta de que el día no había salido como lo esperaba. No había investigado la historia que quería contar, ni había disfrutado de los sabores del za’atar. Pero, de alguna manera, sentí que había vivido algo más profundo. La herida del perro me había sacado fuera de mí mismo, hacia un lugar donde la empatía y la acción cobraban vida.
Mientras caminaba de regreso a mi alojamiento, me preguntaba si este desvío en mis planes significaba algo más. A veces, las heridas que encontramos no son sólo en la piel, sino en el alma de una ciudad. Y al final del día, quizás eso fue lo que realmente merecía ser visto en Erbil.