Hoy caminé por las calles de Arbil, una ciudad que tiene un aire de antiguo y nuevo al mismo tiempo. En el corazón de la ciudad se encuentra el zoco, un laberinto de pasillos donde los vendedores ofrecen sus mercancías. El olor de especias, mezclado con el aroma dulce de los pistachos, me envolvía mientras miraba las coloridas telas y utensilios de cocina. Me detuve frente a un puesto donde un hombre mayor me sonrió, exponiendo sus dientes amarillos en una mezcla de amabilidad y curiosidad. Él vendía dulces que parecían brillar bajo la luz del sol.
Mientras compraba unos pocos, la conversación fluyó a su manera, llena de gestos y sonrisas. Me preguntó de dónde era, y al decirle que venía de España, su rostro se iluminó como si hubiera encontrado un viejo amigo. Entre la barrera del idioma y la calidez de su acogida, me sentí un poco más en casa. Sin embargo, al pagar, me di cuenta de que había dejado caer una moneda por el camino. Una frustración leve me recorrió, siendo consciente de que esos pequeños errores parecen seguirme en cada paso.
Decidí salir del zoco y caminar hacia la Ciudadela de Arbil, un lugar que vibraba con historia. La piedra de sus muros tenía una textura rugosa, y el viento aparentemente jugaba con las hojas de los árboles que crecían en su base. Al subir y llegar a la cima, me detuve a observar la vista que se extendía ante mí: casas de barro y tejados desiguales se entrelazaban con la modernidad de los edificios cercanos. Pero lo que me sorprendió fue reconocer a la misma persona que había encontrado en el zoco. El mismo hombre, ahora mirando a su alrededor con un interés similar al mío. No podía dejar de preguntarme por qué nuestros caminos se cruzaban de nuevo.
Al principio, pensé en acercarme y preguntarle si también él había sentido esta extraña coincidencia. Pero en cambio, opté por quedarme observándolo desde la distancia. ¿Cuántas veces puedes observar a alguien sin una razón clara? La repetición comenzaba a parecer un pequeño fenómeno en sí mismo. Finalmente, decidí hablarle. Le hice un gesto amistoso y, para mi sorpresa, sonrió y se acercó, repitiendo algunas palabras que había usado antes. Esta vez, nuestras interacciones eran aún más ruidosas: intercambiamos algunas anécdotas, que, aunque limitadas por el idioma, tenían una chispa palpable.
Más tarde, visité la plaza central, un lugar bullicioso donde los niños jugaban a la pelota y la gente se detenía a tomar té. Me senté en un banco, observando cómo un grupo de jóvenes se reía y bailaba al ritmo de una música que no lograba identificar. Sin embargo, incluso en esta escena de alegría, había un leve malestar en el aire. El ruido, la algarabía y la diversión contrastaban con la idea de lo que se espera de un día tranquilo en la ciudad. Era como si el calor del momento frenara las interacciones más profundas.
Mientras tanto, mi mente seguía regresando a aquella confrontación con el mismo hombre. Cada vez que lo veía, una parte de mí esperaba que nos conociéramos mejor, pero también hubo un cierto alivio en la no relación; un simple reconocimiento sin la presión de la conversación fluida. A lo lejos, noté como la luz del atardecer empezaba a iluminar la piedra de la Ciudadela, creando sombras alargadas y un ambiente casi dramático.
Así transcurrió el día, entre encuentros casuales y la mezcla de sabores de la comida callejera. Cuando finalmente regresé a mi alojamiento, me sentí agotado, pero también satisfecho. Estaba claro que la ciudad había dejado su huella en mí, enredando mis pensamientos y emociones de una forma que no esperaba. A veces, uno no busca conexiones profundas, pero la vida tiene sus formas de hacerte cuestionar el sentido de lo cotidiano. Aunque Arbil me costó un poco de dinero y energía más de lo que había planeado inicialmente debido a esos percances, también me dejó enredado en su red de experiencias, cada una enlazada a la otra.
Mañana, quién sabe, tal vez me encuentre con el hombre otra vez.