Doscientos dólares. Lo he contado esta mañana tres veces, como si el resultado fuera a cambiar entre la segunda y la tercera. No cambia. Son doscientos dólares y hace tres días perdí otro trozo de ese montón en circunstancias que todavía me cuesta explicar con calma: pagué por un servicio que nadie prestó, fui demasiado lento en protestar, y el dinero desapareció con la naturalidad con la que el agua desaparece de un vaso mal cerrado. El séptimo agujero en dos semanas, si alguien lleva la cuenta. Yo la llevo.

Cogí la cachimba, metí el mechero en el bolsillo, y bajé hacia Nag Pokhari porque necesitaba estar en algún sitio donde no hubiera nada que comprar.

El estanque estaba quieto, con ese color verde oscuro que tienen las aguas cuando llevan tiempo sin moverse y el cielo está cubierto. Las banderas de oración colgaban sin viento, húmedas, un poco lánguidas. No había casi nadie: un hombre mayor con un paraguas cerrado sentado en el borde de piedra, una paloma con algo raro en una pata que no dejaba de caminar en círculos. Encendí la cachimba y me quedé mirando el agua. No porque me inspirara nada en particular, sino porque mirar agua quieta es barato y no requiere WiFi.

El problema de tener doscientos dólares en Katmandú no es que sea imposible vivir. Es que empiezo a hacer una aritmética fea: cuántos días más si no pasa nada, cuántos días si pasa algo. El «si pasa algo» es el que me preocupa, porque en las últimas dos semanas «algo» ha pasado siete veces seguidas con una regularidad que empieza a parecerse menos a la mala suerte y más a un sistema. O soy sistemáticamente descuidado, o esta ciudad me cobra un peaje que no está en ningún folleto.

Caminé hasta Kamal Pokhari después, sin prisa, porque la prisa tampoco arregla los balances. Es un trayecto corto, por calles donde los cables eléctricos forman esa maraña habitual que parece a punto de caer pero nunca cae. Un crío me ofreció postales. Le dije que no con la cabeza y él no insistió, lo cual es infrecuente y se lo agradecí en silencio. Kamal Pokhari es más urbano, más ruidoso, con ese tráfico que parece circular sin destino concreto. Me senté en un muro y saqué otra vez la cachimba porque me quedaba tabaco de menta y el tabaco de menta en Katmandú cuesta menos de lo que uno imagina.

La pregunta que no me había hecho en voz alta hasta hoy es si me quedo o si no me quedo. Y hoy me la he hecho mientras miraba el agua de Kamal Pokhari reflejar un autobús naranja, que es un contexto poco solemne pero honesto. Quedarme con doscientos dólares y el historial de los últimos catorce días es una apuesta que ya no es solo optimismo, es temeridad. Irme ahora significa admitir una derrota financiera que tiene un sabor muy específico y poco agradable.

No he resuelto nada sentado en ese muro. He fumado, he visto pasar el autobús naranja dos veces (la misma línea, supongo), y he calculado cuánto cuesta el alojamiento esta semana, que es la única variable que controlo del todo. El resultado es que puedo estar aquí siete días más si no pasa nada. El problema, ya lo sé, es el «si».

Imprescindible en Kathmandu, Nepal

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