La puerta del templo de Gokarneshwar llevaba cerrada desde antes de que yo llegara, y el hombre sentado en el escalón de piedra de la entrada me miró como si yo fuera el que estaba en el lugar equivocado. Pregunté con gestos y me indicó la muñeca, el reloj. Esperé. No había ningún cartel explicando nada, ninguna hora oficial escrita en ningún sitio visible, solo una cadena en el portalón y ese escalón pulido por miles de pisadas hasta adquirir una concavidad perfecta, como una cuchara.
Gokarneshwar es un barrio que todavía no ha descubierto que podría cobrar más por existir, lo cual es un alivio después de semanas en las que cada rincón de Katmandú con alguna piedra tallada ha encontrado la forma de facturarme la experiencia. Aquí las calles son estrechas y huelen a ghi quemado y a tierra húmeda, y los comercios de la mañana tienen esa parsimonia propia del sitio que no depende del turista para abrir. Esperé al templo sentado en un murete frente a una tienda donde un señor mayor clasificaba cebollas por tamaño sin ninguna prisa aparente.
Cuando abrieron, el coste de entrada resultó ser cuatrocientas rupias nepalesas: algo menos de tres dólares, lo cual en mi situación actual no debería importar pero importa porque anteayer perdí pasta de una forma bastante absurda, y la suma de los últimos golpes desde hace dos semanas me tiene con un margen que no admite demasiada generosidad. Dentro hay un receptáculo para donaciones junto al lintel tallado de la entrada, una especie de caja de madera con una ranura, y noté que la expectativa social era depositar algo ahí además del billete de entrada. Deposité cincuenta rupias, que probablemente no impresionó a nadie, y seguí hacia el patio interior.
El templo en sí tiene esa textura que no fotografía bien: piedra oscurecida por la humedad de los monzones acumulados durante décadas, guirnaldas de caléndula medio marchitas en la base de la figura principal, el suelo alrededor con residuos de ofrenda que no son sórdidos sino simplemente reales, el rastro de lo que la gente hace cuando cree de verdad en algo. No había turistas. Había dos mujeres mayores con ofrendas envueltas en hojas de plátano y un chico joven que fotografiaba el friso superior con el teléfono levantado por encima de la cabeza, que probablemente tampoco soy yo para juzgarlo.
Lo que me retuvo más tiempo del previsto no fue ninguna revelación sino un grupo de devotos que llegó justo cuando yo intentaba salir y bloqueó el paso durante un rato considerable mientras completaban algún ritual en el umbral. No sé cuánto duró. Bastante. El hombre con el recipiente de latón pasó varias veces por el mismo tramo de patio y yo no quería interrumpir nada, así que me quedé apoyado en una columna sin saber muy bien qué papel se supone que tenía en ese momento.
A comer fui después a Fyafulla, en Shankarchowk Marg, un sitio que no tiene ninguna razón para aparecer en ninguna guía y que por eso mismo funciona. Dal bhat completo por doscientas veinte rupias: lentejas, arroz, una porción de curry de verduras, un trozo de encurtido que estaba demasiado picante incluso para mí, y refills de arroz que no pedí porque con el primero era suficiente. La cocina tardó más de lo esperado, o tardó lo que tarda siempre y yo llegué con hambre suficiente para que me pareciera mucho. El camarero, un chico con zapatillas sin cordones, me trajo la jarra de agua dos veces sin que se la pidiera, lo cual fue lo más eficiente de toda la mañana.
Doscientas veinte rupias más cuatrocientas de entrada más cincuenta de donación: seiscientas setenta rupias en total. Cuatro dólares con algo. El señor de las cebollas seguía en su sitio cuando pasé de vuelta.
Imprescindible en Kathmandu, Nepal
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