«¿Tienes pensado seguir mucho tiempo así?», me preguntó, y la verdad es que no supe qué contestar. No porque la pregunta fuera difícil, sino porque venía de un hombre que llevaba diez minutos observando cómo yo intentaba sacar partido a una conexión wifi que cortaba cada cuarenta segundos, sentado en una mesa del fondo de Mayrig con cara de alguien que ha visto cosas mucho más raras que yo.
El encuentro de anteayer todavía me rondaba. No había resuelto nada, solo había dejado un número apuntado en el margen de un papel que ahora está en el bolsillo lateral de la mochila, ese que lleva más de dos semanas mantenido con cinta adhesiva porque la cremallera se partió en Abu Dhabi y nunca he encontrado el momento ni el dinero para arreglarla. El papel sigue ahí. No lo he llamado. Tampoco sé bien por qué.
El hombre de hoy se llamaba Faisal o eso dijo, llevaba una camisa que valía más que mi equipo completo y un café solo que no tocó en toda la conversación. Me preguntó de dónde era, le expliqué lo de siempre, lo de Cataluña pero también Holanda pero tampoco del todo ninguna de las dos, y él asintió como si eso le pareciera exactamente lo que esperaba escuchar. Me resulta raro cuando alguien reacciona así a esa explicación. Normalmente la gente pregunta «pero ¿de dónde eres en realidad?» como si hubiera una respuesta que yo estuviera reteniendo.
La conversación fue larga. Más de lo que esperaba. Faisal quería saber cómo funcionaba esto: si tenía un plan, si me comunicaba con alguien, cómo tomaba las decisiones de moverme o quedarme. Le fui explicando y en algún punto me di cuenta de que él tomaba notas mentales, no por cotilleo sino por algo más estructurado que no terminaba de entender. Al final me hizo la propuesta. Dinero a cambio de actualizaciones regulares sobre cómo evolucionaba el viaje. No periodismo, dijo, solo curiosidad sostenida. No sé si creerle.
Mientras tanto, esta mañana el datáfono del pequeño locutorio donde imprimo cosas me devolvió la tarjeta sin procesar el pago. Dos veces. La impresión que necesitaba, cuatro páginas con un formulario que me piden para no sé qué trámite que tengo pendiente, se quedó en la bandeja de salida porque no tenía otra forma de pagarlo. El encargado, un hombre pequeño con los antebrazos llenos de bolígrafo azul copiado de no sé qué lista, me dijo sin mirarme que había una transferencia mínima. Salí sin las páginas.
La correa izquierda de la mochila aguantó hoy. Lo compruebo cada mañana antes de salir, primero la correa, después el figurín de bronce que sigo llevando en el calcetín derecho porque no tengo mejor sitio donde meterlo sin que me preocupe perderlo, y finalmente el bolsillo de la cremallera rota para ver si el papel ha aguantado la noche. Hoy sí. Mañana ya veremos.
No sé qué hacer con Faisal. La oferta no es descabellada en términos prácticos, que es exactamente lo que más me desconfía de ella. Las cosas que tienen sentido práctico aquí suelen tener un margen que no está en el contrato. Me pidió que lo pensara. Le dije que sí. No le dije que mi margen de maniobra para pensar con calma se ha reducido bastante en los últimos días, ni que hay otro hilo suelto desde anteayer que tampoco he resuelto.
Afuera, la luz de las cuatro de la tarde en Al-Balad aplana todo: las fachadas de madera tallada pierden sombra y quedan planas como cartón. Faisal se fue. El café frío seguía en la mesa.
Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí
Este post contiene enlaces de afiliados.