¿Cuánto vale la independencia exactamente? Porque hoy me he puesto a calcular: quinientos euros. O lo que queda de ellos después de una semana en la que el dinero ha salido a chorros por razones que todavía no entiendo del todo. Una transferencia que rebotó ayer y me costó otra vez. No voy a dramatizar la cosa. Pero la correa izquierda de la mochila lleva tres días con cinta americana y la cremallera principal hay que abrirla con dos manos y cierta paciencia, y a veces eso no basta.
Fui a Areeka Al-Deira esta mañana sin un plan concreto. Quería ver la piedra de coral de cerca, tocarla, porque desde la calle parece una cosa viva aunque lleve siglos secándose. Hay una sección del edificio donde el jali de madera está tan deteriorado que uno de los rombos cuelga de una sola esquina, moviéndose cuando pasa el viento. Nadie lo toca. Nadie lo arregla. Me quedé mirándolo más tiempo del razonable.
Tariq me llamó a las diez y cuarto. Me propuso pasear por la corniche antes de que el calor se volviera imposible, y yo dije que sí antes de pensar en si quería decir que sí. Así funciona esa clase de oferta: llega con un tono que da por hecho la aceptación, y entonces el único movimiento visible es el tuyo, que es ceder. La palabra para esto la conocen aquí mejor que yo. Wasta. La generosidad que crea deuda, el favor que ya ha calculado su propio precio antes de ofrecerse.
Caminamos hacia el norte desde la fuente del rey Fahd. Tariq habla un inglés preciso, con las pausas en los sitios correctos, de ese modo que indica que conoce el efecto de las pausas. Me preguntó por el viaje, por los países, por qué hacía esto. Yo respondí lo suficiente para no cerrar la conversación y lo bastante poco para que él notara que no le estaba entregando nada todavía. Entonces me dijo que la oferta seguía en pie. Que él no necesitaba nada urgente. Que era una conversación abierta. Eso fue exactamente lo que me puso en guardia, porque las conversaciones abiertas de verdad no se anuncian como tales.
Hay un tramo de la corniche donde los niños alquilan coches de juguete eléctricos y los conduce el personal, no los niños. Los niños van dentro sin volante, mirando al frente, sin entender todavía por qué alguien querría subirse a algo que otro maneja. Me senté en un banco de cemento con una botella de agua caliente que costó seis riales en el puesto más cercano y pensé en la figurita de bronce que llevo en el fondo de la mochila desde Roma. Pesa más de lo que debería. La he pensado tirar en varias ciudades. No la tiro.
Cuando Tariq me preguntó directamente si tenía una respuesta, le dije que no iba a aceptar. Se lo dije así, sin el envoltorio de los pero-es-que y los lo-agradezco-mucho. Él asintió con la calma de quien ya calculaba esa posibilidad. Dijo que lo entendía. Y ahí estaba la segunda capa: la generosidad del que acepta el rechazo también con elegancia, para que el rechazo cueste un poco más. Me fui antes de que la conversación encontrara una tercera capa.
Quinientos euros. El jali roto moviéndose en el viento. La correa con cinta americana que esta noche voy a reforzar con un segundo trozo porque el primero ya cede por un lado.
Imprescindible en Jeddah, Arabia Saudí
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