Ayer un jubilado llamado Shen me enseñó una fotografía de la calle Kaihuasi tomada en 1963. Una calle ancha, poco tráfico, un cartel a medio poner. Hoy he ido a buscar esa misma calle y la he encontrado ruidosa, estrecha de acera y llena de coches aparcados encima del bordillo, como si nadie hubiera acordado nunca dónde termina la calzada y dónde empieza el espacio de las personas.

La sede del Partido Comunista en Taiyuan, lo que queda de ella, es un edificio de fachada sin demasiada pretensión pegado a una manzana de tiendas de material de construcción y un puesto de frutos secos que huele a anís quemado. Entro sin pagar, que era la condición para que el sitio tuviera sentido este mes. Dentro hay paneles, documentos enmarcados y fotos en blanco y negro ordenadas con una simetría que huele más a departamento de comunicación que a archivo. Cada cartel explica exactamente lo que se supone que hay que entender. Hay muy poco que el ojo pueda descubrir por su cuenta.

Lo que me había enseñado Shen era distinto. Sus fotos no tenían leyenda. Una mujer de espaldas. Un patio con ropa tendida. Un edificio a medio derruir que él identificó por el ángulo de una ventana, no por ningún rótulo. El museo tiene la memoria limpia y ordenada; Shen tiene la memoria con ropa tendida y sin etiquetas. No sé cuál es más verdadera, pero sé cuál me resulta más útil como relato.

En una sala lateral hay un hombre sentado en una silla plegable junto a un panel sobre la reorganización del partido en 1949. Lleva una chaqueta azul oscuro con el logo de algún banco bordado en el pecho. Le pregunto si hay más material fotográfico aparte de lo que está expuesto. Me mira un momento antes de contestar, el tipo de pausa que tiene alguien que se pregunta si la pregunta merece la pena o no. «Solo esto», dice, y señala los paneles con un gesto amplio, como si eso zanjara el asunto. Casi me voy, pero entonces añade que antes había una sala con álbumes, pero los trasladaron hace dos años al archivo municipal. Dos años atrás. Justo cuando yo empecé este viaje, más o menos, aunque eso es una coincidencia que no le interesa a nadie.

Salgo por donde he entrado. La calle Kaihuasi de 2026 no tiene ningún parecido compositivo con la foto de Shen salvo por la dirección general del sol, que supongo que no ha cambiado. Me quedo parado en la acera, a un lado de la entrada, porque un ciclomotor ha dejado el motor en marcha apoyado en el portal de enfrente y el sonido resulta irritante de una manera desproporcionada. Al final el tipo vuelve, lo coge y desaparece.

La comida la he resuelto en Liuweizhai, en Liuxiang, que es el tipo de sitio donde no te sientan: coges lo que hay en el mostrador, pagas y buscas un hueco. He pedido encurtidos de col y un poco de carne fría de cerdo, que han resultado ser lo suficientemente salados como para que el arroz que me han puesto al lado tuviera sentido completo. El encurtido tiene un punto ácido que en otro contexto llamaría agresivo. Aquí simplemente funciona. El precio era compatible con lo que me quedaba en el bolsillo, que era el único criterio real de la decisión.

Me gusta el viaje como relato, no como acumulación de sitios visitados. El problema es que hoy el relato más interesante no estaba dentro del museo sino en el móvil de Shen, en esas fotos sin leyenda que guardaba en una carpeta sin nombre entre capturas de pantalla de partidas de mahjong. El archivo municipal está cerrado los martes.

Imprescindible en Taiyuan, China

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