Hoy es mi segundo día en esta ciudad que parece un crisol de modernidad y tradición. A medida que camino por las callejuelas de Kuwait City, ya puedo distinguir las primeras luces del amanecer filtrándose por los edificios, reflejándose en las tradicionales casas de barro de Al Asimah. Decido iniciar mi día con un desayuno en una pequeña cafetería llamada "Falaffel Zaman", un lugar que me han recomendado por la calidad de su hummus. El aroma a pan recién hecho inunda el aire, mezclándose con el de especias que emanan de la cocina. Me siento en una mesa de madera y pido lo que se conoce como "manakish", un pan plano cubierto de za'atar. Mientras espero, me doy cuenta de que la señora que atiende las mesas habla un poco de español. Resulta que vivió en México hace años.
El tiempo avanza con lentitud, y mi mente divaga entre las charlas de los locales y el bullicio de la carretera cercana. Un grupo de hombres discuten fuertemente en una mesa contigua, sus gestos son amplios y exagerados. Justo cuando estoy disfrutando de la textura crujiente del manakish, un hombre se levanta de repente, interrumpiendo el aire de camaradería. Miro de reojo, algo me dice que la calma podría transformarse en tumulto.
Decido que no quiero perder un solo momento, así que salgo de la cafetería para explorar más de la ciudad. Camino hacia el zoco Al-Mubarakiya, conocido por sus tiendas de especias y productos locales. La frescura del aire me da un respiro después de la calidez del interior. Me mezclo entre los puestos, disfrutando de los colores vibrantes de las especias; el azafrán se presenta en sus pequeños frascos, reluciente como el oro. Me detengo a observar unas sandalias artesanales. En ese momento, un vendedor se me acerca, con una sonrisa carismática y una oferta que parece inmejorable. Me hace dudar, su persuasión es casi contagiosa.
Pero justo cuando estoy decidido a comprar un par, mi mente se aferra a la idea de que necesito cuidarme con mis gastos. Con una sensación extraña, opto por rechazar la compra y seguir caminando, no sin sentir que quizás fue una decisión equivocada. Al salir, me encuentro con un antiguo edificio que parece estar en proceso de restauración. Me acerco, intrigado por las labores en el lugar, y noto la forma en que los obreros trabajan con meticulosidad. En un rincón, alguien está puliendo un mosaico con mucha rapidez. La textura del polvo del cemento que se eleva en el aire se mezcla casi perfectamente con el ruido del taladros y el grito de un niño que juega cerca, recordando que aquí hay vida más allá del turismo.
Transcurrido un rato, siento que mi energía decae. Ya he tomado varias decisiones desde que llegué, como no comprar las sandalias y conformarme solo con observar este espectáculo cotidiano. En medio de mis pensamientos, me encuentro con un hombre que toca el oud en una esquina. Su música, a la vez nostálgica y emotiva, resuena con los ecos de los callejones. Sin pensarlo demasiado, me siento a su lado, dejando de lado cualquier pensamiento sobre dinero o tiempo.
Los curiosos se agrupan a nuestro alrededor, y entre el bullicio, una conversación colectiva surge, donde algunos intercambian palabras en árabe mientras otros intentan pronunciar algunas frases en inglés. Entre risas y miradas cómplices, me doy cuenta de que esas pequeñas decisiones, aunque a veces se ven como distracciones de mis planes, son las que enriquecen la experiencia. Me invitan a tocar el instrumento, y aunque lo hago torpemente, el momento se siente genuino. Tal vez no compré un par de sandalias, pero en su lugar, llevo una conexión efímera que se siente más valiosa.
Al final del día, pienso en lo que significa estar aquí en este momento, en un lugar lleno de contrastes, con luces y sombras que se entrelazan fácilmente. Mientras me dirijo de regreso a mi hotel, el sonido del oud aún resuena en mi mente. Me pregunto si volveré a vivir un momento así, o si la elección de dejar ir algo material por una experiencia será la verdadera riqueza de mi viaje.
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